Para que usted se ubique, le diré que esto sucedió en ese remoto y fantástico mundo que algunas personas llaman Real.
El texto está ahí, podés verlo
cuando quieras.
Sólo que ahora faltan el hombre
que cabalga, su perro y todos los acentos tan pulcra y sabiamente hechos en
tinta china, sobre pergamino antiquísimo. (Claro que en el momento en que el monje lo escribió, era nuevo, pero,
en fin, continuemos)
Es un manuscrito iluminado con
oro, plata y colores brillantes. Verás una extensa llanura, el horizonte y el
cielo nocturno invadido de estrellas.
El día que lo descubrí, en el
subsuelo de la Biblioteca Pública, me acerqué para verlo mejor. Las luces del
techo hacían reflejos sobre el cristal que protege a la obra, cuando logré
verlo bien, quedé impresionada por lo detallista del trabajo.
Ya sin entrometidos, me dediqué a
contemplar la obra, pero me distrajo el extraño ardor de mi dedo (el que rozó
el pergamino); prevenida, como siempre, saqué alcohol en gel de mi bolso y
rocié un poco en mis manos. ¡Algo de ese
producto mojó al jinete y.… estornudó!
Al ver que el señor me miraba, lo
saludé:
- Buenas tardes Hombre Pintado.
- Buenas ¡atchís!, tardes.
- Disculpe usted.
- No pierda tiempo, señora, ¡aproveche que todavía arde su dedo! Toque al caballo y al perro por favor.
Inmediatamente cumplí con esa
orden y, en medio de un haz de luz, hombre, caballo y perro salieron de la
pintura, seguidos por todas las tildes de esa página. Flotaron suavemente en
círculos a mi alrededor, intenté bailar esa danza recién creada, pero ellos ya
se detenían, me dieron las gracias por liberarlos de su largo encierro de oro,
plata y colores.
El perro ladró, el caballo
relinchó, las tildes acentuaron y el hombre me dijo:
- Ayúdenos a salir de acá. Hágase
cargo de sus acciones, si nos libera es responsable de nosotros.
- Sí, lo haré, los guardaré en mi
bolso y así nadie los verá salir.
- Entraremos en ese bolso?, el
perro pesa casi 15 kilos, yo noventa, el caballo mucho más y las tildes tienen
su peso, no crea...
- ¡Ud. no tiene idea de las cosas
que pueden caber acá!; si corro mi auto un poco, entrarán cómodamente.
Mientras yo reunía a las tildes -que por pequeñas podrían perderse- en una cajita de pastillas vacía, noté que dudaron un instante, pero al escuchar pisadas en las escaleras, todos a la vez saltaron dentro del bolso y puse la cajita en un costado. Lo cerré muy tranquilamente, lo colgué de mi hombro izquierdo y subí tarareando una vieja canción.
En la salida, el personal de
seguridad me pidió que mostrara el contenido del bolso lo que hice, sintiendo
tranquilidad al ver el cuidado que se tiene en con el Patrimonio Cultural de
ese Fantástico Mundo Real. Confirmando que todo estaba en orden (los recién
liberados se habían escondido debajo de mi celular, en el fondo del bolso y la
caja de pastillas tenía aspecto de inocente) me dejaron salir. Ya fuera, saqué
el auto y, conduciendo, me alejé unas cuadras; al llegar al bello Parque de los
Cisnes en Celo, estacioné y les pedí a los prófugos que bajaran.
Algo vibraba en el fondo del
bolso, pensé q era el móvil, pero no, era la cajita de pastillas, la abrí y sin
despedirse, las tildes se fueron acentuando todo a su paso, el verde era más
verde, las conversaciones del entorno más audibles, la luz más brillante.
Como te decía, el manuscrito
sigue allá, podés verlo cuando quieras en la Biblioteca Pública del Fantástico
Mundo Real.-
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