En agradecimiento a Héctor Oesterheld y Joaquín S. Lavado (Quino) por sus historietas respectivas: "El Eternauta" y "Mafalda", que tantas veces he disfrutado.

 Afuera  hace mucho frío, papá cerró todas las puertas y ventanas para que no se vaya el calor que genera la  estufa.

Mamá cocina, falta poco para que vayamos a cenar; mientras esperamos que la comida esté lista, papi  y yo miramos las noticias en la tele.

Es una noche como cualquier otra, el barrio está tranquilo y, sorprendentemente, el informativo no ha dado ninguna novedad alarmante, se respira paz.

Mamá canturrea una canción nueva y ralla queso, ahora me llama:

- Mafalda, hijita, por favor, andá a mi cuarto y traéme un pañuelo de mi mesa de luz.

- ¡Sí, mami!  Se me pega la canción que canta mamá, subo la escalera que lleva a los cuartos, cantándola.

Estoy contenta, hoy me fue bien en la escuela y jugué un rato largo con Felipe y Susanita. Encuentro el pañuelo, ¡qué rico perfume tiene! Bajo para dárselo a mami y, ya en la mitad de la escalera, siento el aroma que llega desde la cocina: "¡Oh, no, sopa!", pienso.

Vuelvo a subir y me refugio en mi cuarto.

Sobre mi mesita de luz está la historieta "El Eternauta" que tanto miedo me dio anoche, cuando la estaba leyendo, antes de dormirme.

Allí, tirada sobre la cama, pienso la forma de evitar la sopa, de pronto escucho un ruido muy fuerte que viene de la calle...

Me asomo a mirar, sin abrir la ventana, solo miro a través del vidrio y  veo un camión  que ha chocado  contra el árbol de mi casa. Hay  personas dormidas en las veredas... no, no creo que hayan decidido dormir ahí, esas personas deben haber  perdido el conocimiento y cayeron, pero ¿por qué?

En ese preciso momento descubro que está produciéndose una lluvia muy rara; ¡llueve  sopa!; la gente se desmaya al entrar en contacto con los fideitos y el caldo, me asusto mucho, verifico que la ventana esté bien cerrada; recuerdo que hace rato papá cerró todo, me tiro nuevamente sobre mi cama y me escondo debajo de la manta, temblando de miedo.

Oigo que alguien abre la puerta y asomo un ojo  para poder ver, lo que vi me asustó  aún más: un  hombre con traje de buzo, con máscara de buceo que lo hacía más temible.  El hombre me llama:

- ¡Mafalda, Mafalda!

Yo no quiero abrir los ojos, el hombre sigue llamándome:

- Mafalda, hija, te dormiste. Vamos a comer.

Intrigada vuelvo a mirarlo y descubro que es mi papá con su ropa de siempre.

- Papi, ¿tengo que tomar la sopa?

- Si comés todo lo que mamá te sirva, podés dejar la sopa por hoy.

- ¡Gracias papi!, ya bajo.-

Sumabe (Derechos reservados)

BUENOS AIRES

    Desde mi ventana veo los añosos árboles del parque, a lo lejos suena un tango, si tuviera dudas de dónde me  encuentro, esa música me diría: Buenos Aires.

    Buenos Aires mi ciudad, tantos recuerdos guardados entre tus baldosas, entre tus adoquines. Mis buenos momentos sucedieron cuando vos no tenías asfalto, al menos en el barrio no lo tenías; algunas calles adoquinadas, las menos, y muchas de tierra, un trozo de  campo en la gran ciudad.

    Así te viví, como una vacación  en el campo, cazando mariposas, trepándome a los árboles, escuchando la canción de los sapos después del crepúsculo. Entre plantas de tomates y limoneros; persiguiendo pollitos en el gallinero, llorando cuando mataban a uno de ellos para  cocinarlo en el puchero.

    Vos eras de tierra, ciudad, no de cemento. Debajo de él  todavía está el tesoro que, con mi primo, escondimos pensando - en nuestra inocencia - que, pasados los años, alguien lo encontraría y leería la carta  que dejamos en esa cajita junto a algunas cosas que ya no recuerdo.

    ¡Ay ciudad! Sos tan grande que no pude conocerte toda y seguís creciendo, robándole terrenos al río marrón que te acaricia y al que tan mal le pagaste ese cariño, arrojándole cuanta basura te sobró; sos ingrata con el río, ciudad, muy ingrata.

    Te imagino explotando si sigue viniendo gente a vivir en vos; ya no das más,  ya no podés más y te enojás con la gente, ese enojo se puede sentir, en cada esquina los ciudadanos andan con miedo, alterados, desconfiando.

    Yo te amo ciudad, pero te dejo, me voy lejos, a buscar el campo que un día eras y ya no sos. Mañana ya no estaré, mañana no te veré.

    El día que decidas explotar al fin y mandar todo el cemento a volar por los aires y saques la tierra a respirar y te salgan cardos y vuelen los "panaderos" otra vez en tu cielo; ese día escucharé tu voz de zorzales y horneros y, tal vez, decida regresar.

    Pero falta tanto, el tiempo me juega en contra, quizás no pueda verte otra vez, linda, como eras, por eso me despido hoy  ciudad, mañana no estaré.

Sumabe (Derechos reservados)

UN VUELO AL PAÍS DE ACÁ CERCA Y HACE POCO

 Para que usted se ubique, le diré que esto sucedió en ese remoto y fantástico mundo que algunas personas llaman Real.

El texto está ahí, podés verlo cuando quieras.

Sólo que ahora faltan el hombre que cabalga, su perro y todos los acentos tan pulcra y sabiamente hechos en tinta china, sobre pergamino antiquísimo. (Claro que en el momento en que el monje lo escribió, era nuevo, pero, en fin, continuemos)

Es un manuscrito iluminado con oro, plata y colores brillantes. Verás una extensa llanura, el horizonte y el cielo nocturno invadido de estrellas.

El día que lo descubrí, en el subsuelo de la Biblioteca Pública, me acerqué para verlo mejor. Las luces del techo hacían reflejos sobre el cristal que protege a la obra, cuando logré verlo bien, quedé impresionada por lo detallista del trabajo.

Una polilla, de esas que viven entre los libros, se posó, por debajo del vidrio, en el dibujo, exactamente sobre la cabeza del jinete; yo sentí que ese insecto estaba profanando semejante arte e intenté espantarlo, levantando disimuladamente la tapa de cristal, intentando tomar a la intrusa por las alas, rocé, con mi dedo índice derecho, el tan mentado manuscrito. La polilla me miró sorprendida, me guiñó un ojo y, sonriendo, levantó vuelo yéndose quizás a lugares más soleados, lo cierto es que abandonó el subsuelo en subida libre hacia la luz.

Ya sin entrometidos, me dediqué a contemplar la obra, pero me distrajo el extraño ardor de mi dedo (el que rozó el pergamino); prevenida, como siempre, saqué alcohol en gel de mi bolso y rocié un poco en mis manos.  ¡Algo de ese producto mojó al jinete y.… estornudó!

Al ver que el señor me miraba, lo saludé:

- Buenas tardes Hombre Pintado.

- Buenas ¡atchís!, tardes.

- Disculpe usted.

- No pierda tiempo, señora, ¡aproveche que todavía arde su dedo! Toque al caballo y al perro por favor.

Inmediatamente cumplí con esa orden y, en medio de un haz de luz, hombre, caballo y perro salieron de la pintura, seguidos por todas las tildes de esa página. Flotaron suavemente en círculos a mi alrededor, intenté bailar esa danza recién creada, pero ellos ya se detenían, me dieron las gracias por liberarlos de su largo encierro de oro, plata y colores.

El perro ladró, el caballo relinchó, las tildes acentuaron y el hombre me dijo:

- Ayúdenos a salir de acá. Hágase cargo de sus acciones, si nos libera es responsable de nosotros.

- Sí, lo haré, los guardaré en mi bolso y así nadie los verá salir.

- Entraremos en ese bolso?, el perro pesa casi 15 kilos, yo noventa, el caballo mucho más y las tildes tienen su peso, no crea...

- ¡Ud. no tiene idea de las cosas que pueden caber acá!; si corro mi auto un poco, entrarán cómodamente.

Mientras yo reunía a las tildes -que por pequeñas podrían perderse- en una cajita de pastillas vacía, noté que dudaron un instante, pero al escuchar pisadas en las escaleras, todos a la vez saltaron dentro del bolso y puse la cajita en un costado. Lo cerré muy tranquilamente, lo colgué de mi hombro izquierdo y subí tarareando una vieja canción.

En la salida, el personal de seguridad me pidió que mostrara el contenido del bolso lo que hice, sintiendo tranquilidad al ver el cuidado que se tiene en con el Patrimonio Cultural de ese Fantástico Mundo Real. Confirmando que todo estaba en orden (los recién liberados se habían escondido debajo de mi celular, en el fondo del bolso y la caja de pastillas tenía aspecto de inocente) me dejaron salir. Ya fuera, saqué el auto y, conduciendo, me alejé unas cuadras; al llegar al bello Parque de los Cisnes en Celo, estacioné y les pedí a los prófugos que bajaran.

Dándome las gracias, el hombre salió, el perro hizo lo mismo moviendo alegremente su cola color café, pero el caballo no salía, seguía temeroso debajo del celular. El hombre lo tomó de las crines, lo guardó en el bolsillo de su pantalón, sonriendo, me saludó desde el aire pues ya había iniciado su vuelo al País de Acá Cerca y Hace Poco.

Algo vibraba en el fondo del bolso, pensé q era el móvil, pero no, era la cajita de pastillas, la abrí y sin despedirse, las tildes se fueron acentuando todo a su paso, el verde era más verde, las conversaciones del entorno más audibles, la luz más brillante.

Como te decía, el manuscrito sigue allá, podés verlo cuando quieras en la Biblioteca Pública del Fantástico Mundo Real.-

Sumabe (Derechos reservados)


MI PENA VERDE

Y duele, sí, claro que duele,
 Cada día, contra todos los pronósticos, duele más.
Su  recuerdo se agranda y llega a tomar todo el espacio,
todas las horas,
todos los libros, todos los sentidos.

Lo vi irse por el camino verde,
mis ojos siguen clavados ahí,
no veo otra cosa.
El verde camino, los verdes árboles,
el verde sol y la verde luna de la noche aquélla.

Sentada me quedé por horas viendo verdes,
verdes claros y oscuros,
verdes amarillentos y verdes casi azules,
hasta que, la noche, con su luna verde,
robó los colores y todo fue gris.

Entonces regresé a los médanos,
a la sal, a los barcos y al verde constante
que me invade y me acuna.

Hoy me asomo al barandal de mi balcón, esperando...
Chicas y chicos danzan cerca del verde fuego,
su cantar animado trepa por el aire,
pero no consigue alegrarme,
mi amor verde,
mi pena verde.

Foto y texto: Sumabe (Derechos reservados)