Me declaro admiradora de la obra literaria de Manuel Mujica Lainez, por eso quiero dejar en este cofre un pequeño trabajo que escribí basándome en el cuento "El hombrecito del azulejo" de su autoría.
"LA REINA MUERTE DEL BARRIO DE SAN MIGUEL"
Arrastrando sus huesos día y noche, la Muerte del Barrio de San Miguel va cortando vidas implacablemente. A la hora en punto en que Destino lo quiere, su guadaña corta el invisible hilo que nos une a la vida terrenal.
Recorre el barrio y piensa:
"¡Ese mínimo hombrecito azul vino a tenderme una trampa, vino a engañarme! ¡Se hubiera quedado en Francia!, claro, allá era un francés más, sin embargo acá se destaca por su acento al hablar, por sus maneras refinadas...
Me hizo recordar a aquél otro francés, el morocho de ojos azules que vivía a tres cuadras de aquí... Ese también intentó convencerme, sin llantos ni justificaciones, recuerdo que su argumento era: "Deseo conocerla bien Madame La Mort, concédame el tiempo necesario para saber más sobre usted".
Era la época en que no se podía comerciar con Francia, por eso llegaban barcos a contrabandear mercancía de ese país; el Capitán André Migranet estaba al mando de una de esas naves; durante su estadía en Buenos Aires se alojaba en mi Barrio, en éste, el barrio del que soy la única real muerte. Soy la Reina Muerte del Barrio de San Miguel.
Lo había conocido hacía dos años ya, durante un duelo donde él se salvó y me llevé la vida de su oponente. Desde entonces supe que André podía verme, sus ojos azules se clavaron en mí y por un instante pensé que esa distracción le valdría la vida en el duelo, pero no, el Capitán era un experto en el arte de la espada.
Sigo recordando esa mirada de la primera vez, finalmente soy femenina, una entidad femenina insensible a las pasiones humanas; sé lo que es el amor, no puedo sentirlo pero soy capaz de reconocer la belleza y desearla para mí. Aquél día deseé que el Capitán fuera mío.
La tarde del día del duelo murió ahogada una niña porteña de unos quince años; iban a tardar mucho en hallar el cadáver, por eso decidí adueñarme del hermoso cuerpo; lo peiné y lo vestí con cuidado y fui al encuentro del morocho de ojos azules.
Lo esperé en el barco, cuando llegó simulé buscar a mi padre, un comerciante en telas - le dije - el Capitán me ayudó en la búsqueda y, por lógica, nunca lo encontramos, pero yo pasé unas horas muy divertidas, tanto es así que olvidé cumplir mi misión en la Tierra y varios agonizantes clamaban por mí.
Mi deber era devolver el cadáver y así lo hice esa misma noche.
El barco de André partió a los dos días, regresó varios meses después; entonces el Capitán se reunía con otros hombres todas las noches, para jugar su dinero en las riñas de gallos. El gallo del francés ganaba siempre, ya nadie quería desafiarlo, hasta que llegó el mulato aquél con el gallo rojo y las monedas de plata que convencieron a André de arriesgar a su campeón una vez más.
André no sólo perdió su dinero, sino también al gallo que murió en la pelea.
Loco de ira, el francés desenvainó su espada, pero el mulato le arrojó un cuchillo que se clavó en el hombro derecho de André. La herida no presentaba gravedad hasta que se infectó. Ahí fue que volví a ver esos ojos azules mirándome, ya sin asombro, con algo de curiosidad me dijo: "Madame La Morte, deseo conocerla bien, déme el tiempo necesario para saber más sobre usted".
No se lo concedí, ya había jugado con él lo suficiente como para perder todo el interés que en mí despiertan las cosas nuevas.
Y llegó el hombrecito del azulejo a recordarme ese acento y esas maneras galantes. El no me distrajo con su parloteo infantil, me distrajeron mis propios recuerdos, mi memoria me traicionó, el tiempo pasó sin que yo lo notara.
Es verdad que ataqué al enanito, pero también es verdad que finalmente le permití volver con su amiguito.
Me reía a carcajadas, ¡burlarse de mí!, de la Reina Muerte del Barrio de San Miguel!
Si no pudieron esos bellos ojos azules, nadie en el mundo podrá.
Sumabe (Derechos reservados).-
