HISTORIA CON MI PADRE

 Uno llega a conocer "la" verdad cuando está preparado para entenderla, hasta entonces sólo pequeñas partes nos son reveladas, retazos de la Gran Verdad.

El camino del destino no es recto, a veces es sinuoso y otras muchas se interrumpe y vuelve a empezar en otro tiempo y lugar.

Nací en el barrio de Versalles -un hermoso lugar de la gigantesca Buenos Aires-, aquí me crie y seguiré viviendo en este lugar hasta mi muerte, si es que pudiera elegir dónde morir. Tuve una infancia feliz, sin hermanos, pero con un primo que es mi hermano por elección. Supe desde siempre que tenía más primos, "de la otra parte de la familia", hijos de hermanos de mi padre, a los que no conocía. Había visto alguna foto -de aquellas pequeñas, en blanco y negro, con un borde blanco  recortado en picos - en ésas estaba mi padre, muy joven, con dos niños y una niña; cuando papá me las mostraba me decía: "son mis sobrinos". Yo recibía esos trocitos de verdad, pero era tan chica que lo aceptaba así, como me lo decían: "sobrinos", no  se  me ocurría pensar que esos sobrinos eran mis primos hermanos.

Si había sobrinos debía haber tíos y mi padre era el más chico de cuatro hermanos, así que yo tendría tres tíos, pero no lo analicé entonces.

Alguna vez -recuerdo poco y mal- fuimos a pasear por Sarandí, mamá, papá y yo, sé que mi viejito me mostraba una casa desde la vereda de enfrente, él quería que yo conociera su casa de la infancia, otro fragmento de verdad, siempre verdades a medias, nunca mentiras, pero la verdad completa vino a mí cuando tuve la necesidad de encontrarla.

Mi abuelo paterno, Pascal, nació en Calabria, tierra de antiguas costumbres repetidas siglo tras siglo, allá la autoridad paterna era indiscutible. Pascal llegó a Argentina, como tantos otros, buscando una mejor vida que la que tenía en su pueblo; se dedicó a trabajar, se casó con Mara y, juntos, formaron una familia. Hasta ahí  supe, no pregunté más, me quedé con eso. 

Escuché historias de la vida del abuelo Pascal: que era muy alto, muy fuerte y muy testarudo. Cierta vez él estaba enfermo y el médico, que había ido a verlo a la casa, le recomendó que comiera liviano, ante este consejo el abuelo se enojó, salió de la cama y fue al patio, donde había una mesa, el anciano la levantó con la boca, apretándola con los dientes, la mantuvo un momento en el aire y luego, tranquilamente, la dejó en el suelo sin usar las manos y le dijo al médico: "Cuando usted pueda hacer ésto, venga a darme consejos". Datos parciales del todo, pistas que me preparaban para aceptar lo que iba a saber después, mucho tiempo después.

Pasados los años, comencé a pensar en esa parte de la familia que no conocía, intenté la búsqueda por internet, pero no logré nada. 

No hace mucho, estábamos con mi esposo de vacaciones, jugábamos a las bochas y se acercó otro matrimonio -pasajeros del mismo hotel-; durante un rato nos vieron jugar hasta que la señora preguntó si podían unírsenos, a lo que respondimos que sí. Jugamos varios partidos y, cansados, nos sentamos a conversar, así nos enteramos de que esta pareja vivía en Sarandí y yo -por agregar algo- dije:

    - Tengo primos en Sarandí, pero no los conozco, nunca los ví, sé que viven ahí. Me gustaría conocerlos.

    - Yo tengo un lavadero muy grande, allí archivo los teléfonos de casi todo el barrio, ¿Quiere que vea si está el de sus primos?, dijo la señora.

    - Sí, claro, -contesté yo - esta noche, en la cena, le llevaré anotado mi teléfono y el apellido para que los busque, es la familia Giardinelli.

    - Muy bien, eso haremos, respondió ella.

Así fue, entregué el papel con los datos y no volví a pensar en el tema.

Pasaron los meses -tres para ser exactos-. Una noche suena el teléfono, atiendo y una señora dice: "Soy Julia Giardinelli, me dieron este número porque parece que mi prima vive ahí".

Conversé con ella largo rato, realmente era mi prima, decidimos volver a llamarnos para arreglar un encuentro.

Ahí surgieron todas la preguntas que debí haber hecho mucho antes y no hice; me sentí culpable. Mis padres habían muerto. La única que podía tener respuestas era la cuñada de mi madre - mi tía Beatriz -, ella ya pertenecía a la familia desde antes que yo naciera, era la ultima de su generación, tenía que saber, debía saber.

    "- Tía -le dije-, encontré a una prima hermana mía, sobrina de mi papá, quedamos en vernos, pero antes de eso debo saber por qué papá se alejó de sus hermanos. Porque si lo ofendieron de alguna manera tampoco yo querré estar con ellos, si es que todavía viven, ¿Qué fue lo que los separó?

- El abuelo Pascal -dijo mi tía- le había buscado novia a tu papá, una chica que a él no le interesaba.  Cuando Pascal supo que su hijo estaba de novio con tu mamá, se enojó muchísimo y lo amenazó con  echarlo de casa, el muchacho se enfrentó con su padre y le dijo que amaba a tu mamá y no iba a dejarla. Así es que tu abuelo lo obligó a firmar un papel donde renunciaba a la herencia y lo echó. Los hermanos, temerosos de su padre, se aliaron con él y nunca más lo aceptaron en la familia."

La Verdad, la grande y hermosa verdad, era suave y dulce. Yo amé muchísimo a mi padre, pero ante esta revelación, al saber lo que había sido capaz de hacer por amor, su imagen se agigantó y lo amé más aún.

Al mejor estilo de las novelas románticas, en la vida real, el amor triunfó al final.

Decidí que iba a encontrarme con mi prima Julia; pensaba:

"Una costumbre antigua, traída a la actualidad a través de los tiempos, había servido para dividir a una familia; era un buen momento para terminar con eso, olvidar rencores sin sentido, y tomar la mano que Julia me ofrecía. Iremos de a poco, sin esperar nada una de la otra, simplemente vamos a conocernos."

(Los nombres de las personas fueron cambiados para respetar su privacidad.-)

Sumabe  (Texto y foto: Derechos reservados)