Escribo sobre Sofía, la pequeña titiritera; esa niña que pasaba sus tardes cosiendo vestidos para las marionetas, antes de la función y, luego, ya en escena, poniendo su voz a la princesa de la historia, haciéndola caminar, saltar, bailar, ante los ojos crédulos de los chiquitos del pueblo.
Conocí a Sofía en uno de mis viajes a San Pedro.
Estaba yo sentada en lo alto del barranco, a la hora del crepúsculo, maravillándome - como siempre - con el paisaje: el río Paraná allá abajo, las islas, los sauzales. Todos los verdes imaginables y ese cielo casi rosa, casi azul.
La carita de Sofía sonriendo se interpuso entre el cielo y yo; me entregó un volante - la publicidad del espectáculo que esa misma noche se haría en la plaza - y me dijo:
- ¡Hola señora!, la espero, va a gustarle, venga... - Entre sonrisas esperaba mi respuesta -
- ¡Gracias! Hace mucho que no veo teatro de títeres, tal vez vaya.
Conocí a Sofía e inmediatamente la quise. Ella era uno de esos seres que contagian alegría, esos que deseás tener cerca para siempre.
Volví a mi hotel, un buen baño y ropa limpia quitaron parte de mi cansancio. Salí caminando hacia la plaza, ya había oscurecido, los aromas de la noche de noviembre me rodeaban, el olor a comida casera mezclado con el de dama de noche y jazmines. Al llegar a la plaza alguien me alcanzó un almohadón y me pidió que me siente junto a los niños, sobre el césped.
Disfruté mucho de esa experiencia, las risas de los pequeños espectadores, sus ojitos asombrados y las manitos coloradas de tanto aplaudir.
Al terminar la función, me acerqué al grupo de titiriteros para felicitarlos, Sofía me saludó:
- Señora, ¡pudo venir, qué alegría!
- ¿Cómo te llamás?
- Sofía.
- Yo soy Gabriela, no me digas señora. Me gustó mucho el espectáculo.
- Venga que le presento a todos: Mamá, papá, mi nono y mi hermano Rafael.
- Será un placer conocerlos, me gustaría invitarlos a cenar en mi hotel.
Cuando lo hice, minutos después, ellos se miraron sonriendo y contestaron muy contentos que sí, que les diera una hora para trasladar todas sus cosas a "Soles", la salita de teatro de la familia. Esa función se había hecho en la plaza, de forma gratuita, por algo especial, algo muy lindo que iban a contarme luego.
En el camino de regreso al hotel iba pensando en la gracia de esos títeres que lograron abstraerme de la realidad e introducirme en la trama de la comedia que representaban. Tan buenos eran los titiriteros que, de a ratos, me olvidaba de que los actores eran muñecos de madera y papel maché.
Al llegar, hablé con Gustavo, el gerente del hotel - persona muy agradable y con quien ya tenía yo cierta confianza - le pedí una mesa para seis. Él, al enterarse que yo debía esperar a mis invitados, me convidó con una copa de vino rojo y nos pusimos a conversar. Entonces le conté a quiénes estaba esperando y me hizo saber que - al día siguiente - en ese mismo salón, se haría la fiesta de quince años de Sofía.
Gustavo daba clases de piano - cuando su trabajo de gerente se lo permitía - y la quinceañera era una de sus alumnas. Ellos se habían hecho amigos, a pesar de los más de veinte años de diferencia de edades -Gustavo tenía treinta y siete años y se ayudaban mutuamente; a cambio de las clases de piano, la chica cuidaba a los hijos del gerente - una nena de tres años y un nene de cuatro - cuando sus padres salían.
Durante la cena, mis invitados y yo conversamos animadamente; eran gente muy simpática. De pronto recordé que habían prometido contarme "algo muy lindo" y les pregunté qué era eso.
- Mire Gabriela, mañana Sofía cumplirá 15 años, - dijo el abuelo - ; el pueblo se unió para organizar la fiesta en este mismo salón, todos colaboran para que no falte nada, será una fiesta hermosa. Por eso nosotros hacemos las funciones de esta semana en la plaza, gratis para los sampedrinos, en agradecimiento.
- ¡Qué buen gesto!, yo vengo a San Pedro por la belleza del lugar, su paz me permite escribir, pero veo que su gente es más bella aún.
Tan rápido pasó el tiempo en esa excelente compañía que me sorprendí al ver que empezaron a despedirse, pero sí, realmente era tarde ya.
Toda la mañana del día siguiente estuve en mi lugar favorito, cerca del río, a la sombra de los sauces, trabajando en el cuarto capítulo de la novela; el hambre me hizo regresar al hotel, me sirvieron el almuerzo en una salita pequeña, ya que el salón estaba siendo preparado para la fiesta de la noche. Sobre mi mesa vi un sobre dirigido a mí, lo abrí y encontré una invitación para los 15 de Sofía, sonreí sorprendida y, a pesar de que no me gustan esos ruidosos festejos, decidí que bajaría un rato a saludar.
Por la tarde salí a comprar unas flores para la homenajeada; elegí unas maravillosas rosas blancas y la empleada de la florería me alcanzó una tarjeta para que yo escriba mi saludo ahí, al devolvérsela ella la guardó en un sobre rosado y le agregó cintas blancas y estrellas doradas - demasiado adorno para mi gusto- pero ya estaba hecho, pagué pedí que fueran puntuales con la entrega y salí.
Ya por la noche, los ruidos de la fiesta llegaban hasta mi habitación; con cierto disgusto me puse los zapatos de taco alto, mi mejor sonrisa y bajé.
Saludé a los conocidos y me acomodé en una mesita apartada, desde ahí podía ver cuando entrara Sofía; los padres y el hermano ya estaban en el salón, así que supuse que llegaría con el abuelo.
Me distraje mirando la gente, algunos chicos bailaban, pero la mayoría estaba cerca de la puerta, esperando a la cumpleañera.
De pronto vi a la mamá de Sofi que llevaba mi ramo de rosas y lo puso en un florero, creo que fue el aburrimiento lo que me hizo caminar hacia la señora y le pregunté:
- ¿Le gustaron las flores a Sofía?
- ¿Usted también mandó flores?
- Disculpe señora, creía que eran ésas, son iguales.
- No, éstas las mandó Gustavo, mire la tarjeta... ¡Ah! no, ya no está, debe haber quedado en casa.
- Yo las mandé al hotel.
- Entonces son aquéllas de allá. Gabriela, discúlpeme, pero ...
- Por favor, dígame.
- Estoy preocupada por mi hija, me voy a casa a ver por qué no llega, no contesta el celular.
Dispuesta a ayudar, pregunto:
- ¿Es lejos su casa?
- En la otra cuadra.
- Quédese, voy yo, seguramente son los nervios de último momento.
- ¿Me hará ese favor? Sarmiento 1233.
- ¡Sí, ya mismo!
Había encontrado la excusa perfecta para alejarme un rato de tanto ruido. Llegué a la casa, toqué el timbre, sonriendo el abuelo abrió la puerta.
Me contó que la niña se estaba arreglando y dijo: "¿Vio cómo son ustedes cuando quieren estar lindas?, ya bajará, no pasa nada". Me invitó a pasar, tomé asiento y, al hacerlo, vi mi tarjeta de las flores tirada en el piso y arrugada, la levanté pensando: "¡yo también hubiera tirado esto, tanta estrella, tanto moño!"; al abrirla para leerla me sentí tranquila - finalmente la había escrito yo - pero no, eso que estaba ante mis ojos no era lo que yo escribí, decía:
"Sofía, Dejá de soñar con imposibles; yo también te amo y lo sabés, pero no voy a destruir tu vida escapándonos del pueblo, pienso en mis hijos también. Te amo, por eso hoy, en este día tan especial te regalo tu libertad, que seas feliz.
Gustavo"
No entendí, tuve que releerla; después creo que la arrojé lejos de mí, como si quemara. Mis ideas se desordenaban y yo estaba clavada en el sillón, el abuelo hablaba, no sé qué dijo...
Escuché mi propia voz:
- ¿Sofía?
- Ya le dije...
Nerviosa, lo interrumpí:
- ¡No, corra, búsquela!
Él parecía confundido:
- ¿Cómo?
- ¡Vamos a buscarla!
Subimos, entramos al cuarto de Sofi, no estaba ahí. El hombre me miró incrédulo.
- ¿Dónde puede estar?, pregunté.
- Habrá ido al salón, seguro que salió por la puerta de atrás.
El abuelo tranquilo me pidió que no corra con esos zapatos podía caer. En mi cabeza presagiaba cosas que ni me atrevía a ponerlas en palabras. Traté de calmarme pensando: "Llegaremos, la veremos bailando, riendo con sus amigos, eso será todo"
Al llegar, los padres nos esperaban en la puerta.
- ¿Está acá?, pregunté.
- No, dijeron ellos a coro.
- ¿Dónde se metió esta chica?, casi gritando dijo el nono.
Sin decir nada, me mezclé entre la gente y fui a buscar a Gustavo.
- Gustavo, ¿Viste a Sofía esta tarde?
- No.
- Le negás tu amor a una chica de quince años y no das la cara?
- ¿Cómo supo...?
Todo el lugar resonó con el ruido de mi mano abierta contra la cara de Gustavo.
Salieron todos a buscarla. Yo miraba por el ventanal esperando todavía verla llegar. Recorrieron el pueblo, la escuela, el club, las casas de los amigos, salieron con botes al río.
Regresaban tristes, ni rastros de la chica.
Alguien dijo:
- ¿Fueron a "Soles"?
- Siempre pide permiso para ir - dijo el abuelo - en el Teatro no puede estar.
Amanecía; el cielo, como en el ocaso, estaba casi rosa, casi azul.
Recuerdo gestos, caras, sentimientos, ruidos, como explosiones en mi cabeza y mi corazón. Recuerdo que muchos gritaron:
- ¡Vamos a "Soles"!
Allá la encontraron, con su vaporoso vestido de fiesta, rosa y azul, como el cielo del amanecer; entre los títeres.
Colgando, como ellos.
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