SIMPLE ORACIÓN

Olor a tierra mojada en el aire, pero todavía no llueve.

Nubes oscuras, gordas,  cargadas de electricidad, esconden el cielo del verano.

Un festival de rayos y truenos se acerca lentamente desde el Este.


Se detiene el viento; la tierra seca que antes se arremolinaba, ahora se aquieta y espera con avidez las primeras gotas.

El Oeste dibuja un horizonte púrpura, levemente iluminado por el sol que ya se fue.

Se puede ser más bueno en momentos como éste, se puede sentir que cualquier objetivo es fácilmente alcanzable, se puede sentir la libertad corriendo por las venas, se puede...

La dama de noche, que cada invierno podo, insiste en florecer en diciembre e inundar el espacio con su aroma dulzón que hoy compite con el olor a lluvia.

Despacio, tratando de no hacer ningún ruido, casi como un duende del jardín, camino hasta el banco de piedra, me siento y - sin querer - al apoyar mi espalda y dejar caer los brazos, mi mano izquierda roza la planta de lavanda.

Con los ojos cerrados, escucho a los pájaros en su revuelo al regresar presurosos a los nidos y los grillos que ya empezaron a cantar. Acaricio las ramas de lavanda en un vaivén involuntario de mi brazo, mientras me relajo y disfruto.

Un mosquito pasa cerca de mi cara, instintivamente lo espanto y, al pasar mi mano delante de mí, puedo sentir el maravilloso perfume que la planta vecina  dejó en mis dedos.

Por fin comienza la percusión de las gotas sobre las tejas, el redoble de los truenos sobre mi cabeza y el espectáculo de los relámpagos completan una sinfonía imposible de imitar por instrumentos construidos por el hombre.

Permito que el agua caiga sobre mí y siento que soy bendecida, mojada, feliz, libre, abro mi boca mirando el cielo y dejo que el agua me invada.

¡Agua que da vida, fortaléceme, Mi Señor, bendíceme!

Sumabe (Derechos reservados)