Clap, abrir.
Clap, cargar.
Clap, cerrar.
Clap, esperar.
Clap, vaciar.
la secuencia se repetía y se repetía.
El constante clap, clap, clap podía haber llegado a enloquecer a cualquier otro, pero no a él.
Él había encontrado una cadencia y se acostumbró a trabajar meciendo las caderas al compás del clap clap. Si hasta le provocaba una cierta alegría y, los días que se encontraba de buen humor, solía cantar a su ritmo:
"Baila, niña bonita, baila, menéate para mí.
Mírame, bella muchacha, mírame, sacúdete para mí".
- ¡Ea, vamos todos amigos, canten conmigo!
Los demás se reían de la ocurrencia, pero no hacían caso, sólo continuaban con el ritmo del trabajo.
Al sonar la sirena del mediodía, todos se quitaban los pesados cascos, los guantes, pasaban a lavarse las manos y entraban al comedor donde los esperaba carne de vaca si era lunes, tarta de verdura los martes, los miércoles tortilla, los jueves pescado y los viernes ravioles con salsa roja, cada día sin equivocar el menú.
Al sonar la sirena de las cinco de la tarde, todos iban a los armarios y guardaban allí sus elementos de trabajo, cerraban con llave y regresaban a sus casas.
Al día siguiente volver a empezar la constante rutina.
"Baila, niña bonita, baila, menéate para mí.
Mírame, bella muchacha, mírame, sacúdete para mí".
Clap clap clap clap,
abrir,
cargar,
cerrar,
esperar,
vaciar.
Sonó la sirena que anunciaba el almuerzo, era lunes y comieron pizza.
- Los lunes comemos carne.
- Pero comimos pizza.
- Porque no es lunes.
- Sí, es lunes, ayer fui a la cancha.
Clap clap clap clap clap clap
- Alguien se ha robado tres de mis clap y ahora no sé si debo abrir o cerrar, vaciar o llenar.
- Eso pasa porque comiste pizza, estás desorientado y perdés la cuenta, mira, seguime:
"Baila, niña bonita, baila, menéate para mí.
Mírame, bella muchacha, mírame, sacú...
- ¿Qué ha pasado, te olvidaste la letra?
- ¡Mi dedo, me lo cortó!
- ¡Ayuden, corran, ayuden!
Clap clap clap clap clap
- No podemos detenernos, el ritmo nos obliga a trabajar.
- Dejen todo, debemos tocar el botón de pánico.
- Yo no puedo parar, si paro pierdo el compás y mi premio a la mejor producción de la semana.
Clap clap clap clap clap
El dedo giraba en el centro de la inyectora y era cortado, aplastado y bañado en plástico amarillo que, mezclado con la sangre, se convertía en un bellísimo naranja.
El obrero cantor se desmayó de dolor y debilidad debido a la hemorragia.
Los otros siguieron trabajando.
Clap clap clap clap clap
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