CAÑERÍAS

 El edificio de la Escuela vieja está abandonado. El techo, habiendo perdido varias tejas, se llenó de huecos que fueron acumulando tierra y hojas, algunos pájaros usan estos mullidos colchones como nidos y regresan cada primavera a sembrar hijos y cantos. Todos los años yo también vuelvo a cazar, sus imágenes, con mi cámara.

Acá estoy, sufriendo los últimos fríos de la naciente primavera, capturando colores, plumas, picos… mi concentración es tal que recién descubro que anochece cuando un ruido me distrae de mi tarea y escucho, olfateando el aire, como si fuera un animal.

“¿De dónde viene ese sonido?” -me dije- y vi la puerta principal a medio abrir o a medio cerrar, según sea; si quiero entrar está medio abierta, si mejor me voy, entonces está medio cerrada.

Nunca había deseado entrar al centenario edificio, menos en estas condiciones, sola, armada únicamente con mi cámara y mi celular, sin saber si “algo” había entrado antes que yo.

Otra vez escucho el sonido extraño, raro, como de uñas rascando la pared, me decido, y –emulando a quien sostiene un crucifijo- tomo el móvil en mi mano y me siento más segura. Avanzo un paso, dos, tres, me golpea un olor a humedad que viene del sótano. En la planta baja todos los vidrios de las ventanas están rotos y hace tanto frío como afuera. Sigo avanzando con temor a pisar cristales rotos.

Ya estoy en el centro del hall de entrada, una lagartija se escapa por los yuyos que se atreven a crecer entre las tablas del piso. Rápidos aleteos se acercan detrás de mí, golpeando mi cabeza, es una lechuza que grita más asustada que yo.

Se hace un silencio más intrigante aún, sigo caminando y entro a lo que fue un aula, con la débil luz que todavía queda, puedo ver las viejas cañerías que llevaban electricidad por las paredes, como un sistema de venas y arterias que suben, bajan, doblan, se curvan, cañerías laberínticas que –presiento- ahora, por ellas, circulan sustancias en estado líquido cuyo destino es alimentar seres ocultos tras estos muros, seres que no se dejan ver, pero que me gustaría fotografiar. Extrañamente no tengo miedo, segura y naturalmente doy por cierto mi presentimiento.

Agazapada detrás de unos bultos cuyas formas ya no puedo reconocer porque la luz del día se fue, espero que la luna sea mi amiga y me regale sus rayos para ver a esos seres cuando aparezcan, el flash se ocupará del resto…

Las lagartijas siguen corriendo asustadas, lagartijas blancas, nocturnas, carnívoras. Mi olfato y mi oído se sensibilizan y puedo sentir un olor diferente a todos y ese sonido que ahora suena cerca de mí: las uñas rascando la pared a mi izquierda. Apuntando hacia ese lugar, sin perder ni un segundo tomo la foto, el disparo del flash provoca miedo entre las criaturas del lugar, se oyen gritos, batir de alas, corridas.

Sostengo fuertemente la cámara, miro la pantalla digital y descubro al ser que rasca la pared, parece una iguana y está en el cielo raso, trepada a uno de los caños laberínticos, levanto la cabeza y la veo, arriba, a la izquierda, grande y con una tenue luminosidad en toda su piel; está sorbiendo algo que brota del caño.

Una gota de esa sustancia, cae cerca de mí y brilla en el piso, otra gota cae en la manga de mi campera, la perfora, me asusto, me la saco rápidamente y veo a la iguana bajar a chupar la gota que cayó en el piso y avanzar hacia mí buscando la  que cayó en la campera, la arrojo hacia el animal y, rápidamente, voy a la salida, aferrada a mi celular como si fuese un talismán.

Salgo y cierro la puerta detrás de mis pasos, no tiene sentido asegurarla mucho, ya que las ventanas están rotas.

Sentada en la camioneta me miro el brazo, donde cayó la gota que perforó la manga, me pica mucho y se pone rojo, ante mi vista, van apareciendo unas escamas tenuemente luminosas. 

Sumabe (Derechos reservados)