La hora de la siesta

 Cuando mis recuerdos son especiales, bellos, inevitablemente suceden en mi infancia, en las vacaciones de verano, especialmente en esa hora mágica: la de la siesta.

Éramos niños obligados a mantener el silencio mientras los adultos descansaban, durante dos horas. Desde las dos de la tarde y hasta las cuatro podíamos leer, coser, tejer, hacer origami, o mimar al perro, lo que fuera –con el debido permiso- y sin ruido, ya que no queríamos dormir, la idea era seguir jugando sin molestar a nadie.

Nuestros juegos sucedían en la vereda -que era como una extensión de las casas de todos-, la vereda era el espacio común donde nos encontrábamos, servía de casa de muñecas, pista de patinaje, gimnasio, cancha de cualquier deporte que se nos ocurriera, bicisenda, pero en esas dos horas -que transcurrían aparentemente quietas- el permiso abarcaba el patio y la terraza, y allí sucedían cosas fantásticas, como cazar arañas y hormigas para hervirlas en la ollita de juguete y hacer sopas extrañas, vestir a Chiche, mi perro, con la ropa de las muñecas y obligarlo a dormir en una cunita que había hecho mi papá, mostrarle a mis primos las colecciones de todas las cosas que guardaba, cambiar revistas, figuritas o las láminas centrales del “Billiken”:

-        - Te cambio dos Belgranos por tu Europa.

-        - Belgrano ya tengo nena, dame la del aparato digestivo.

-        -  Dale.

Pero ese año, en la escuela primaria, habíamos leído “Romeo y Julieta”, en su versión para niños, los chicos se habían hecho espadas de madera y se batían a duelo como si estuvieran en Verona y yo tenía una falda de papel crepé rojo, larga hasta los pies, que había usado en un acto escolar, me la ponía y me sentía Julieta muriendo por amor. En una de esas siestas mi vecino de enfrente, un amigo dos años mayor que yo, trajo unas hojas de carpeta donde había escrito el guión de una obrita de teatro inspirada en la que nos ocupaba por esos días y nos propuso que sorprendiéramos a los “grandes” actuando para ellos.

El desafío era importante: aprender la letra, disfrazarse, invitar a los papás, abuelos y tíos que vivían cerca. No sé cómo lo hicimos, pero, después de tomar la leche, pusimos sillas en el patio, allí se sentaron los invitados y empezó la función.

Mamá me prestó un sombrerito con un velo de tul que a mí me pareció hermoso para Julieta. Papá era el apuntador, se escuchaba más lo que él nos apuntaba que nuestras voces, tratamos de seguir el guion hasta el final pero la escena del duelo con espadas fue tan graciosa que todos empezamos a reír, el público y los actores, todos.

La escena del balcón, conmigo subida a una silla, y tirando flores hacia Romeo era desopilante, la recuerdo y no puedo evitar reír otra vez.

Al final saludamos todos y nos aplaudieron con ovación.

La abuela abrió la caja de galletitas de chocolate, que guardaba para las visitas, y convidó a todos.

No sacamos fotos, una verdadera pena, pero el recuerdo está nítido y, además, esa pátina que da la nostalgia le agrega un filtro especial, entre dorado y azul, que ninguna foto tendría.

Éramos felices y no lo sabíamos, lo disfrutábamos sin analizar, permitíamos que la fantasía nos inundara y nos zambullíamos y nadábamos en ese mar sin límites hasta donde la inocencia nos llevara.-

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