Era la más fría de todas las noches, el aire límpido y quieto dejaba ver el cielo oscuro y una luna redonda y grande como nunca antes.
La hierba estaba blanca y se rompía como vidrio bajo mis pisadas.
El angosto sendero que transitaba cada noche, al regreso del trabajo, me era tan familiar que podía seguirlo sin mirar y, realmente, no era la vista mi sentido más agudizado en ese momento, estaba tratando de oír más allá de mis posibilidades, pero no, las pisadas que me acompañaron, durante un largo rato, ya no se escuchaban.
Era más tarde de lo acostumbrado, tuve mucho que resolver y estaba volviendo tres horas después de lo normal. Anhelaba llegar a casa, darme un baño bien caliente, preparar un chocolate y tomarlo en la cama. Esperaba que la doméstica se hubiera acordado de encender la calefacción, es que ese invierno era tan frío y esa era la noche más helada de la que tenía recuerdo.
La infinita quietud que me rodeaba tampoco era común; los vecinos que diariamente caminaban conmigo ya estarían en sus casas; el búho que me saludaba al pasar junto a su nido, en ese momento no se oía; siempre el viento era el rey en la comarca, pero desde la media tarde se había detenido y le cedió su lugar al silencio.
Silencio de ramas quietas, pinos inmóviles, aguas detenidas, ¿se habría congelado el lago? Con la luz de la luna podía ver el espejo del agua quieto, chato, sin el mínimo rumor.
Otra vez las pisadas, se escuchaban más lejos que antes, pensé que, tal vez, fuera alguien que llegaba tarde como yo.
Tomé el celular, escuchar una voz amiga me distraería, pero no envié la llamada, algo me obligaba a escuchar dentro de mí, mi respiración y mi corazón latiendo. Mi aliento formaba nubecitas que bailaban en la luz lunar y se elevaban un poco antes de deshacerse.
Empecé a cantar para espantar el miedo, debía reconocerlo, tenía miedo.
Llegué a casa, rápidamente abrí y cerré la puerta con traba y llave. El interior estaba agradable, tibio, se notaba que la señora Ana había puesto la calefacción. Encendí las luces de todas las habitaciones. La vieja casona familiar era demasiado grande para una mujer sola, debía decidirme a venderla y mudarme al centro, a la avenida principal, cerca de todo y de todos.
Muy abrigada, en mi cama, tomando el chocolate y leyendo una novela, me sentí confortada y me causaba gracia mi miedo de antes. Había apagado las luces de los otros cuartos, sólo dejé encendidas las del jardín y la de mi dormitorio.
Debo haberme dormido sin darme cuenta, ya que todavía tenía el libro entre las manos cuando algo me despertó, eran las tres de la madrugada. Casi ni respiraba para escuchar mejor si el ruido se repetía. Al fin pude identificar de dónde venía, era algo que se arrastraba entre las piedras del jardín.
Casi agradecí haber oído algo que no fuera provocado por mí, el silencio que me rodeaba era insufrible. Permanecí alerta, escuchando, tratando de saber qué pasaba en el jardín. Nuevamente el sonido de un cuerpo que se arrastraba. Seguramente algún perro de la calle saltó la cerca, trayendo algo que robó para comer o un animalito del bosque, escapando del frío, intentaba entrar a la casa, porque ahora escuchaba un frotar de zarpas sobre los cristales blindados de la puerta de atrás.
Así como otra gente se aferra a una cruz: tomé el celular -me di cuenta que era casi un símbolo que ahuyentaba los terrores de mi soledad-, con el móvil en la mano me sentí acompañada y, teniendo en cuenta la hora, no llamé a nadie.
Decidí bajar, esta vez sin prender las luces, la luna seguía iluminando y su luz entraba pues había olvidado cerrar las cortinas, se me hizo fácil andar en la penumbra.
La total falta de sonidos volvió a envolverme, débilmente llegaba hasta mí un olor nauseabundo, supuse que era de la basura que habían entrado los perros. En el vidrio de la puerta de la cocina, que daba al jardín, estaban marcadas las huellas de barro de algún animal y, de pronto: el grito. Lastimero, suave, débil, era un lamento, un sonido nunca escuchado por mí. Asustada marqué 911 y expliqué, como pude, lo que estaba pasando, respondieron que estarían en casa en cinco minutos, me senté a esperarlos en la cocina.
Ellos –los policías y los agentes de la seguridad privada- revisaron todo el jardín y no hallaron nada, si hubo algo se había ido, les agradecí cuando se estaban yendo. Ya regresaba a mi cuarto, entonces lo oí nuevamente, ese llanto, ese pedido de auxilio se asemejaba a cuando uno grita en medio de una pesadilla, sueña que está gritando fuerte y lo que se oye –si es que, a tu lado hay alguien despierto, escuchando- es sólo un quejido.
El ser que se quejaba estaba sufriendo y yo no podía ayudarlo porque no lo veía, me acerqué más a la puerta y traté de ver mejor, un cuerpo cayó contra el vidrio dejando marcas de barro y pasto en el cristal, pero no lo vi, estaba ahí, su olor me producía náuseas, no era visible para mí.
Aturdida y asqueada, sentí que me caía, me apoyé contra la superficie fría del vidrio y me invadió una voz que sonaba en mi cabeza:
- - Allá, en el cerro… todos muertos…
Entendí el mensaje, pero no comprendía la situación, ¿Qué estaba pasando?, oía voces de seres invisibles, “¡no puede ser!”, pensaba, y la voz respondió a mi pensamiento:
- - El frío duele… mata…
Llamé nuevamente a Seguridad, vinieron, me escucharon, volvieron a buscar sin hallar nada. Me llevaron al hospital donde quedé en observación por cuarenta y ocho horas. Allí me tranquilicé, era agradable escuchar las voces de las enfermeras y los ruidos propios del lugar. Dormí mucho. Todos los estudios que me hicieron salieron bien, no había motivo para seguir internada.
Cuando regresé a casa ya no estaban las manchas de barro en los vidrios, alguien había limpiado, y el olor había desaparecido. Más allá de mí, más allá del bosque, más allá del pueblo, en medio de uno de los cerros había algo… o no, tal vez no.
Puse la casa en venta.
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