Abrazos envueltos en papel rojo metalizado,
LOS LUNES MIENTO
DUELO
9 de la noche
La
Luna Roja de abril intenta iluminar la escena, pueden verse los árboles que
pueblan el, ahora, silencioso y quieto bosque.
Por
debajo de las ramas, allá tendido en la hierba, se ve un hombre que ya no respira.
Junto
a él una espada del mejor acero español, como mudo testigo de lo sucedido.
Manchas de sangre en la blanca camisa, las manos y la cara del caído. En el
piso, a su lado, una tenue mancha roja va siendo absorbida por la tierra como
queriendo ocultarla de todos, menos de la Muerte.
8:45 de la noche
El
cielo empieza a despejar, las estrellas se dejan ver a través del aire límpido,
como siempre después de la lluvia.
Entre
las sombras, la silueta de un hombre huye lo más rápido que puede, evadiendo
obstáculos, piedras y ramas que encuentra a su paso. Arrastrando una pierna le
resulta difícil escapar, pero lo logra, en un instante ya no está ahí.
Toda
la naturaleza enmudece, el sonido del agua al caer ya no está, el viento se detuvo
de un momento a otro, los gritos de los animales ya no llenan el aire, hasta el
alocado aletear se ha detenido, nada se mueve, ni una hoja. Solo el hombre que
cayó herido intentó alcanzar la espada que perdió en la lucha, pero ya era
tarde. Un quejido salió de su boca y luego nada más.
8:30 de la noche
Apenas
una llovizna, el viento sigue azotando, quebrando ramas a su paso.
En
medio de la lucha el hombre de la camisa blanca tropieza y cae, el otro
aprovecha y, sin mediar nada, clava su espada en el pecho del sorprendido
oponente, quien deja caer su arma y, llevando sus manos a la herida, grita.
Un
grito más entre todos los que lo rodean: el rugir del viento, el tronar en lo
alto y el alarido de bestias asustadas.
8:15 de la noche
El
temporal arrecia, los hombres siguen combatiendo.
Solo
se puede distinguir una camisa blanca en uno de ellos y ropas oscuras en el
otro.
Pareciera
que la lluvia y el viento los animan aún más a continuar la pelea.
El
de ropas oscuras cae sobre una de sus rodillas al ser herido en una pierna,
pero reacciona rápidamente, se pone de pie y continúa defendiéndose.
8 de la noche
De
pronto relámpagos y truenos, de pronto el viento. Los animales del bosque
gritan llamándose desde sus nidos y cuevas. De a poco la lluvia, al principio
mansa, con toda la furia luego.
Sólo
sombras y el intermitente resplandor de los rayos.
Algo
se mueve entre los árboles, alguien acecha en la oscuridad.
Son
dos figuras que se buscan, agudizando el oído, haciendo lo posible por ver al
otro.
Se
encuentran.
Desenvainan, ambos se miden hasta que uno de ellos, no se distingue cuál de los dos, gritando, inicia el duelo.-
Sumabe (Derechos reservados)
CAÑERÍAS
El edificio de la Escuela vieja está abandonado. El techo, habiendo perdido varias tejas, se llenó de huecos que fueron acumulando tierra y hojas, algunos pájaros usan estos mullidos colchones como nidos y regresan cada primavera a sembrar hijos y cantos. Todos los años yo también vuelvo a cazar, sus imágenes, con mi cámara.
Acá estoy, sufriendo los
últimos fríos de la naciente primavera, capturando colores, plumas, picos… mi
concentración es tal que recién descubro que anochece cuando un ruido me distrae
de mi tarea y escucho, olfateando el aire, como si fuera un animal.
“¿De dónde viene ese sonido?”
-me dije- y vi la puerta principal a medio abrir o a medio cerrar, según sea;
si quiero entrar está medio abierta, si mejor me voy, entonces está medio
cerrada.
Nunca había deseado entrar al
centenario edificio, menos en estas condiciones, sola, armada únicamente con mi
cámara y mi celular, sin saber si “algo” había entrado antes que yo.
Otra vez escucho el sonido
extraño, raro, como de uñas rascando la pared, me decido, y –emulando a quien
sostiene un crucifijo- tomo el móvil en mi mano y me siento más segura. Avanzo
un paso, dos, tres, me golpea un olor a humedad que viene del sótano. En la
planta baja todos los vidrios de las ventanas están rotos y hace tanto frío
como afuera. Sigo avanzando con temor a pisar cristales rotos.
Ya estoy en el centro del hall
de entrada, una lagartija se escapa por los yuyos que se atreven a crecer
entre las tablas del piso. Rápidos aleteos se acercan detrás de mí, golpeando
mi cabeza, es una lechuza que grita más asustada que yo.
Agazapada detrás de unos
bultos cuyas formas ya no puedo reconocer porque la luz del día se fue, espero
que la luna sea mi amiga y me regale sus rayos para ver a esos seres cuando
aparezcan, el flash se ocupará del resto…
Las lagartijas siguen
corriendo asustadas, lagartijas blancas, nocturnas, carnívoras. Mi
olfato y mi oído se sensibilizan y puedo sentir un olor diferente a todos y ese
sonido que ahora suena cerca de mí: las uñas rascando la pared a mi izquierda. Apuntando hacia ese lugar, sin perder ni un segundo tomo la foto, el disparo del flash provoca miedo entre las criaturas del lugar,
se oyen gritos, batir de alas, corridas.
Sostengo fuertemente la cámara, miro la pantalla digital y
descubro al ser que rasca la pared, parece una iguana y está en el cielo raso,
trepada a uno de los caños laberínticos, levanto la cabeza y la veo, arriba, a
la izquierda, grande y con una tenue luminosidad en toda su piel; está
sorbiendo algo que brota del caño.
Una gota de esa sustancia, cae
cerca de mí y brilla en el piso, otra gota cae en la manga de mi campera, la
perfora, me asusto, me la saco rápidamente y veo a la iguana bajar a chupar la
gota que cayó en el piso y avanzar hacia mí buscando la que cayó en la campera, la arrojo hacia el animal y, rápidamente, voy a la
salida, aferrada a mi celular como si fuese un talismán.
Salgo y cierro la puerta
detrás de mis pasos, no tiene sentido asegurarla mucho, ya que las ventanas
están rotas.
FRÍO
Era la más fría de todas las noches, el aire límpido y quieto dejaba ver el cielo oscuro y una luna redonda y grande como nunca antes.
La hierba estaba blanca y se rompía como vidrio bajo mis pisadas.
El angosto sendero que transitaba cada noche, al regreso del trabajo, me era tan familiar que podía seguirlo sin mirar y, realmente, no era la vista mi sentido más agudizado en ese momento, estaba tratando de oír más allá de mis posibilidades, pero no, las pisadas que me acompañaron, durante un largo rato, ya no se escuchaban.
Era más tarde de lo acostumbrado, tuve mucho que resolver y estaba volviendo tres horas después de lo normal. Anhelaba llegar a casa, darme un baño bien caliente, preparar un chocolate y tomarlo en la cama. Esperaba que la doméstica se hubiera acordado de encender la calefacción, es que ese invierno era tan frío y esa era la noche más helada de la que tenía recuerdo.
La infinita quietud que me rodeaba tampoco era común; los vecinos que diariamente caminaban conmigo ya estarían en sus casas; el búho que me saludaba al pasar junto a su nido, en ese momento no se oía; siempre el viento era el rey en la comarca, pero desde la media tarde se había detenido y le cedió su lugar al silencio.
Silencio de ramas quietas, pinos inmóviles, aguas detenidas, ¿se habría congelado el lago? Con la luz de la luna podía ver el espejo del agua quieto, chato, sin el mínimo rumor.
Otra vez las pisadas, se escuchaban más lejos que antes, pensé que, tal vez, fuera alguien que llegaba tarde como yo.
Tomé el celular, escuchar una voz amiga me distraería, pero no envié la llamada, algo me obligaba a escuchar dentro de mí, mi respiración y mi corazón latiendo. Mi aliento formaba nubecitas que bailaban en la luz lunar y se elevaban un poco antes de deshacerse.
Empecé a cantar para espantar el miedo, debía reconocerlo, tenía miedo.
Llegué a casa, rápidamente abrí y cerré la puerta con traba y llave. El interior estaba agradable, tibio, se notaba que la señora Ana había puesto la calefacción. Encendí las luces de todas las habitaciones. La vieja casona familiar era demasiado grande para una mujer sola, debía decidirme a venderla y mudarme al centro, a la avenida principal, cerca de todo y de todos.
Muy abrigada, en mi cama, tomando el chocolate y leyendo una novela, me sentí confortada y me causaba gracia mi miedo de antes. Había apagado las luces de los otros cuartos, sólo dejé encendidas las del jardín y la de mi dormitorio.
Debo haberme dormido sin darme cuenta, ya que todavía tenía el libro entre las manos cuando algo me despertó, eran las tres de la madrugada. Casi ni respiraba para escuchar mejor si el ruido se repetía. Al fin pude identificar de dónde venía, era algo que se arrastraba entre las piedras del jardín.
Casi agradecí haber oído algo que no fuera provocado por mí, el silencio que me rodeaba era insufrible. Permanecí alerta, escuchando, tratando de saber qué pasaba en el jardín. Nuevamente el sonido de un cuerpo que se arrastraba. Seguramente algún perro de la calle saltó la cerca, trayendo algo que robó para comer o un animalito del bosque, escapando del frío, intentaba entrar a la casa, porque ahora escuchaba un frotar de zarpas sobre los cristales blindados de la puerta de atrás.
Así como otra gente se aferra a una cruz: tomé el celular -me di cuenta que era casi un símbolo que ahuyentaba los terrores de mi soledad-, con el móvil en la mano me sentí acompañada y, teniendo en cuenta la hora, no llamé a nadie.
Decidí bajar, esta vez sin prender las luces, la luna seguía iluminando y su luz entraba pues había olvidado cerrar las cortinas, se me hizo fácil andar en la penumbra.
La total falta de sonidos volvió a envolverme, débilmente llegaba hasta mí un olor nauseabundo, supuse que era de la basura que habían entrado los perros. En el vidrio de la puerta de la cocina, que daba al jardín, estaban marcadas las huellas de barro de algún animal y, de pronto: el grito. Lastimero, suave, débil, era un lamento, un sonido nunca escuchado por mí. Asustada marqué 911 y expliqué, como pude, lo que estaba pasando, respondieron que estarían en casa en cinco minutos, me senté a esperarlos en la cocina.
Ellos –los policías y los agentes de la seguridad privada- revisaron todo el jardín y no hallaron nada, si hubo algo se había ido, les agradecí cuando se estaban yendo. Ya regresaba a mi cuarto, entonces lo oí nuevamente, ese llanto, ese pedido de auxilio se asemejaba a cuando uno grita en medio de una pesadilla, sueña que está gritando fuerte y lo que se oye –si es que, a tu lado hay alguien despierto, escuchando- es sólo un quejido.
El ser que se quejaba estaba sufriendo y yo no podía ayudarlo porque no lo veía, me acerqué más a la puerta y traté de ver mejor, un cuerpo cayó contra el vidrio dejando marcas de barro y pasto en el cristal, pero no lo vi, estaba ahí, su olor me producía náuseas, no era visible para mí.
Aturdida y asqueada, sentí que me caía, me apoyé contra la superficie fría del vidrio y me invadió una voz que sonaba en mi cabeza:
- - Allá, en el cerro… todos muertos…
Entendí el mensaje, pero no comprendía la situación, ¿Qué estaba pasando?, oía voces de seres invisibles, “¡no puede ser!”, pensaba, y la voz respondió a mi pensamiento:
- - El frío duele… mata…
Llamé nuevamente a Seguridad, vinieron, me escucharon, volvieron a buscar sin hallar nada. Me llevaron al hospital donde quedé en observación por cuarenta y ocho horas. Allí me tranquilicé, era agradable escuchar las voces de las enfermeras y los ruidos propios del lugar. Dormí mucho. Todos los estudios que me hicieron salieron bien, no había motivo para seguir internada.
Cuando regresé a casa ya no estaban las manchas de barro en los vidrios, alguien había limpiado, y el olor había desaparecido. Más allá de mí, más allá del bosque, más allá del pueblo, en medio de uno de los cerros había algo… o no, tal vez no.
Puse la casa en venta.
Sumabe (Derechos reservados)
La hora de la siesta
Cuando mis recuerdos son especiales, bellos, inevitablemente suceden en mi infancia, en las vacaciones de verano, especialmente en esa hora mágica: la de la siesta.
Éramos niños obligados a mantener el silencio mientras los adultos descansaban, durante dos horas. Desde las dos de la tarde y hasta las cuatro podíamos leer, coser, tejer, hacer origami, o mimar al perro, lo que fuera –con el debido permiso- y sin ruido, ya que no queríamos dormir, la idea era seguir jugando sin molestar a nadie.
Nuestros juegos sucedían en la vereda -que era como una extensión de las casas de todos-, la vereda era el espacio común donde nos encontrábamos, servía de casa de muñecas, pista de patinaje, gimnasio, cancha de cualquier deporte que se nos ocurriera, bicisenda, pero en esas dos horas -que transcurrían aparentemente quietas- el permiso abarcaba el patio y la terraza, y allí sucedían cosas fantásticas, como cazar arañas y hormigas para hervirlas en la ollita de juguete y hacer sopas extrañas, vestir a Chiche, mi perro, con la ropa de las muñecas y obligarlo a dormir en una cunita que había hecho mi papá, mostrarle a mis primos las colecciones de todas las cosas que guardaba, cambiar revistas, figuritas o las láminas centrales del “Billiken”:
- - Te cambio dos Belgranos por tu Europa.
- - Belgrano ya tengo nena, dame la del aparato digestivo.
- - Dale.
Pero ese año, en la escuela primaria, habíamos leído “Romeo y Julieta”, en su versión para niños, los chicos se habían hecho espadas de madera y se batían a duelo como si estuvieran en Verona y yo tenía una falda de papel crepé rojo, larga hasta los pies, que había usado en un acto escolar, me la ponía y me sentía Julieta muriendo por amor. En una de esas siestas mi vecino de enfrente, un amigo dos años mayor que yo, trajo unas hojas de carpeta donde había escrito el guión de una obrita de teatro inspirada en la que nos ocupaba por esos días y nos propuso que sorprendiéramos a los “grandes” actuando para ellos.
El desafío era importante: aprender la letra, disfrazarse, invitar a los papás, abuelos y tíos que vivían cerca. No sé cómo lo hicimos, pero, después de tomar la leche, pusimos sillas en el patio, allí se sentaron los invitados y empezó la función.
Mamá me prestó un sombrerito con un velo de tul que a mí me pareció hermoso para Julieta. Papá era el apuntador, se escuchaba más lo que él nos apuntaba que nuestras voces, tratamos de seguir el guion hasta el final pero la escena del duelo con espadas fue tan graciosa que todos empezamos a reír, el público y los actores, todos.
La escena del balcón, conmigo subida a una silla, y tirando flores hacia Romeo era desopilante, la recuerdo y no puedo evitar reír otra vez.
Al final saludamos todos y nos aplaudieron con ovación.
La abuela abrió la caja de galletitas de chocolate, que guardaba para las visitas, y convidó a todos.
No sacamos fotos, una verdadera pena, pero el recuerdo está nítido y, además, esa pátina que da la nostalgia le agrega un filtro especial, entre dorado y azul, que ninguna foto tendría.
Éramos felices y no lo sabíamos, lo disfrutábamos sin analizar, permitíamos que la fantasía nos inundara y nos zambullíamos y nadábamos en ese mar sin límites hasta donde la inocencia nos llevara.-
Texto y foto (Derechos reservados)




