TITERE

Escribo sobre Sofía, la pequeña titiritera; esa niña que pasaba sus tardes cosiendo vestidos para las marionetas, antes de la función y, luego, ya en escena, poniendo su voz a la princesa de la historia, haciéndola caminar, saltar, bailar, ante los ojos crédulos de los chiquitos del pueblo.

Conocí a Sofía en uno de mis viajes a San Pedro.

Estaba yo  sentada en lo alto del barranco, a la hora del crepúsculo, maravillándome - como siempre - con el paisaje: el río Paraná allá abajo, las islas, los sauzales. Todos los verdes imaginables y ese cielo casi rosa, casi azul.

La carita de Sofía sonriendo se interpuso entre el cielo y yo; me entregó un volante - la publicidad del espectáculo  que esa misma noche se haría en la plaza - y me dijo:

    - ¡Hola señora!, la espero,  va a gustarle, venga... - Entre sonrisas esperaba mi respuesta -

    - ¡Gracias! Hace mucho que no veo teatro de títeres, tal vez vaya.

Conocí a Sofía e inmediatamente la quise. Ella era uno de esos seres que contagian alegría, esos que  deseás tener cerca para siempre.

Volví a mi hotel, un buen baño y ropa limpia quitaron parte de mi cansancio. Salí caminando hacia la plaza, ya había oscurecido, los aromas de la noche de noviembre me rodeaban, el olor a comida casera mezclado con el de dama de noche y jazmines. Al llegar a la plaza alguien me alcanzó un almohadón y me pidió que me siente junto a los niños, sobre el césped.

Disfruté mucho de esa experiencia, las risas de los pequeños espectadores, sus ojitos asombrados y las manitos coloradas de tanto aplaudir.

Al terminar  la función, me acerqué al grupo de titiriteros para felicitarlos, Sofía me saludó:

    - Señora, ¡pudo venir, qué  alegría!

    - ¿Cómo te llamás?

    - Sofía.

    - Yo soy Gabriela, no me digas señora. Me gustó mucho el espectáculo.

    - Venga que le presento a todos: Mamá, papá, mi nono y mi hermano Rafael.

    - Será un placer conocerlos, me gustaría invitarlos a cenar en mi hotel.

Cuando lo hice, minutos después, ellos se miraron sonriendo y contestaron muy contentos  que sí, que les diera una hora para trasladar todas sus cosas a "Soles", la salita de teatro de la familia. Esa función se había hecho en la plaza, de forma gratuita, por algo especial, algo muy lindo que iban a contarme luego.

En el camino de regreso al hotel iba pensando en la gracia de esos títeres que lograron abstraerme de la realidad e introducirme en la trama de la comedia que representaban. Tan buenos eran los titiriteros que, de a ratos, me olvidaba de que los actores eran muñecos de madera y papel maché.

Al llegar, hablé con Gustavo, el gerente del hotel - persona muy agradable y con quien ya tenía yo  cierta confianza - le pedí una mesa para seis. Él, al enterarse que yo debía esperar a mis invitados, me convidó con una copa de vino rojo y nos pusimos a conversar. Entonces le conté a quiénes estaba esperando y me hizo saber que - al día siguiente - en ese mismo salón, se haría la fiesta de quince años de Sofía.

Gustavo daba clases de piano - cuando su trabajo de gerente se lo permitía - y la quinceañera era una de sus alumnas. Ellos se habían hecho amigos, a pesar de los más de veinte años  de diferencia de edades -Gustavo tenía treinta y siete años y se ayudaban mutuamente; a cambio de las clases de piano, la chica cuidaba  a los hijos del gerente - una nena de tres años y un nene de cuatro - cuando sus padres salían.

Durante la cena, mis invitados y yo conversamos animadamente; eran gente muy simpática. De pronto recordé que habían prometido contarme "algo muy lindo" y les pregunté qué era eso.

    - Mire Gabriela, mañana Sofía cumplirá 15 años, - dijo el abuelo - ; el pueblo se unió para organizar la fiesta en este mismo salón, todos colaboran para que no falte nada, será una fiesta hermosa. Por eso nosotros hacemos las funciones de esta semana en  la plaza, gratis para los sampedrinos, en agradecimiento.

    - ¡Qué buen gesto!,  yo vengo a San Pedro por la belleza del lugar, su paz me permite escribir, pero veo que su gente es más bella aún.

Tan rápido pasó el tiempo  en esa excelente compañía que  me sorprendí al ver que empezaron a despedirse, pero sí, realmente era tarde ya.

Toda la mañana del día siguiente estuve en mi lugar favorito, cerca del río, a la sombra de los sauces, trabajando en el cuarto capítulo de la novela; el hambre me hizo regresar al hotel, me sirvieron el almuerzo en una salita pequeña, ya que el salón estaba siendo preparado para la fiesta de la noche. Sobre mi mesa vi un sobre dirigido a mí, lo abrí y  encontré una invitación para los 15 de Sofía, sonreí sorprendida y, a pesar de que no me gustan esos ruidosos festejos, decidí que bajaría un rato a saludar.

Por la tarde salí a comprar unas flores para la homenajeada; elegí unas maravillosas rosas blancas y la empleada de la florería me alcanzó una tarjeta para que yo escriba mi saludo ahí, al devolvérsela ella la guardó en un sobre  rosado y le agregó cintas blancas y estrellas doradas - demasiado adorno para  mi gusto- pero  ya estaba hecho, pagué pedí que fueran puntuales con la entrega y salí.

Ya por la noche, los ruidos de la fiesta llegaban hasta mi habitación; con cierto disgusto me puse los zapatos de taco alto, mi mejor sonrisa y bajé.

Saludé a los conocidos y me acomodé en una mesita  apartada, desde ahí podía ver cuando entrara Sofía; los padres y el hermano ya estaban en el salón, así que supuse  que llegaría  con el abuelo.

Me distraje mirando la gente, algunos chicos bailaban, pero la mayoría estaba cerca de la puerta, esperando a la cumpleañera.

De pronto vi a la mamá de Sofi que llevaba mi ramo de rosas y lo puso en un florero, creo que fue el aburrimiento lo que me hizo caminar hacia la señora y le pregunté:

    - ¿Le gustaron las flores a Sofía?

    - ¿Usted también mandó flores?

    - Disculpe señora, creía que eran ésas, son iguales.

    - No, éstas las mandó Gustavo, mire la tarjeta... ¡Ah! no, ya no está, debe haber quedado en casa.

    - Yo las mandé al hotel.

    - Entonces son aquéllas de allá. Gabriela, discúlpeme, pero ...

    - Por favor, dígame.

    - Estoy preocupada por mi hija,  me voy a casa a ver por qué no llega, no contesta el celular.

    Dispuesta a ayudar, pregunto:

    - ¿Es lejos su casa?

    - En la otra cuadra.

    - Quédese, voy yo, seguramente son los nervios de último momento.

    -  ¿Me hará ese favor? Sarmiento 1233.

    - ¡Sí, ya mismo!

Había encontrado la excusa perfecta para alejarme un rato de tanto ruido. Llegué a la casa, toqué el timbre, sonriendo el abuelo abrió la puerta.

Me contó que la niña se estaba arreglando y dijo: "¿Vio cómo son ustedes cuando quieren estar lindas?, ya bajará, no pasa nada". Me invitó a pasar, tomé  asiento y, al hacerlo, vi mi tarjeta de las flores tirada en el piso y arrugada, la levanté pensando: "¡yo también hubiera tirado esto, tanta estrella, tanto moño!"; al abrirla para leerla me sentí tranquila - finalmente la había escrito yo - pero no, eso que estaba ante mis ojos no era lo que yo escribí, decía:

"Sofía, Dejá de soñar con imposibles; yo también te amo y lo sabés, pero no voy a destruir tu vida escapándonos del pueblo, pienso en mis hijos también. Te amo, por eso hoy, en este día tan especial te regalo tu libertad, que seas feliz. 

Gustavo"

No entendí, tuve que releerla; después creo que la arrojé lejos de mí, como si quemara. Mis ideas se desordenaban y yo estaba clavada en el sillón, el abuelo hablaba, no sé qué dijo...

Escuché mi propia voz:

    - ¿Sofía?

    - Ya le dije...

Nerviosa, lo interrumpí:

    - ¡No, corra, búsquela!

Él parecía confundido:

    - ¿Cómo?

    - ¡Vamos a buscarla!

Subimos, entramos al cuarto de Sofi, no estaba ahí. El hombre me miró incrédulo.

    - ¿Dónde puede estar?, pregunté.

    - Habrá ido al salón, seguro que salió por la puerta de atrás.

El abuelo tranquilo me pidió que no corra con esos zapatos podía caer. En mi cabeza presagiaba cosas  que ni me atrevía a ponerlas en palabras. Traté de calmarme pensando: "Llegaremos, la veremos bailando, riendo con sus amigos, eso será todo"

Al llegar, los padres nos esperaban en la puerta.

    - ¿Está acá?, pregunté.

    - No, dijeron ellos a coro.

    - ¿Dónde se metió esta chica?, casi gritando dijo el nono.

Sin decir nada, me mezclé entre la gente y fui a buscar a Gustavo.

    - Gustavo, ¿Viste a Sofía esta tarde?

    - No.

    - Le negás tu amor a una chica de quince años y no das la cara?

    - ¿Cómo supo...? 

Todo el lugar resonó con el ruido de mi mano abierta contra la cara de Gustavo.

Salieron todos a buscarla. Yo miraba por el ventanal esperando todavía verla llegar. Recorrieron el pueblo, la escuela, el club, las casas de los amigos, salieron  con botes al río.

Regresaban tristes,  ni rastros de la chica.

Alguien dijo:

    - ¿Fueron a "Soles"?

    - Siempre pide permiso para ir - dijo el abuelo - en el Teatro no puede estar.

Amanecía; el cielo, como en el ocaso, estaba casi rosa, casi  azul.

Recuerdo  gestos, caras, sentimientos, ruidos, como explosiones en mi cabeza y  mi corazón. Recuerdo que muchos gritaron:

    - ¡Vamos a "Soles"!

Allá la encontraron, con su vaporoso vestido de fiesta, rosa y azul, como el cielo del amanecer; entre los títeres. 

Colgando, como ellos.

Sumabe (Derechos reservados)








CASI COMO SIN QUERER

 Casi como "sin querer",  sin levantar sospecha,

gravemente, en silencio, a escondidas.

Con todas las fuerzas conocidas de este mundo,

con los vientos peligrosos y temidos, 

con retazos de mareas y tsunamis,

con hebras de inundaciones.

Con la devastación que deja el incendio en el bosque.

Con la determinación de la muerte.

Con la implacable peste royéndole los talones.

Con dolores de hambre.

Es así que, un día, despertás y allí está

(arde, quema, duele, provoca llanto, ira...)

en una esquina del alma, una grieta sutil, tan sutil que solo puede

verse cuando, relampagueando, la luz del dolor la atraviesa.



Sumabe (Derechos reservados)

HISTORIA CON MI PADRE

 Uno llega a conocer "la" verdad cuando está preparado para entenderla, hasta entonces sólo pequeñas partes nos son reveladas, retazos de la Gran Verdad.

El camino del destino no es recto, a veces es sinuoso y otras muchas se interrumpe y vuelve a empezar en otro tiempo y lugar.

Nací en el barrio de Versalles -un hermoso lugar de la gigantesca Buenos Aires-, aquí me crie y seguiré viviendo en este lugar hasta mi muerte, si es que pudiera elegir dónde morir. Tuve una infancia feliz, sin hermanos, pero con un primo que es mi hermano por elección. Supe desde siempre que tenía más primos, "de la otra parte de la familia", hijos de hermanos de mi padre, a los que no conocía. Había visto alguna foto -de aquellas pequeñas, en blanco y negro, con un borde blanco  recortado en picos - en ésas estaba mi padre, muy joven, con dos niños y una niña; cuando papá me las mostraba me decía: "son mis sobrinos". Yo recibía esos trocitos de verdad, pero era tan chica que lo aceptaba así, como me lo decían: "sobrinos", no  se  me ocurría pensar que esos sobrinos eran mis primos hermanos.

Si había sobrinos debía haber tíos y mi padre era el más chico de cuatro hermanos, así que yo tendría tres tíos, pero no lo analicé entonces.

Alguna vez -recuerdo poco y mal- fuimos a pasear por Sarandí, mamá, papá y yo, sé que mi viejito me mostraba una casa desde la vereda de enfrente, él quería que yo conociera su casa de la infancia, otro fragmento de verdad, siempre verdades a medias, nunca mentiras, pero la verdad completa vino a mí cuando tuve la necesidad de encontrarla.

Mi abuelo paterno, Pascal, nació en Calabria, tierra de antiguas costumbres repetidas siglo tras siglo, allá la autoridad paterna era indiscutible. Pascal llegó a Argentina, como tantos otros, buscando una mejor vida que la que tenía en su pueblo; se dedicó a trabajar, se casó con Mara y, juntos, formaron una familia. Hasta ahí  supe, no pregunté más, me quedé con eso. 

Escuché historias de la vida del abuelo Pascal: que era muy alto, muy fuerte y muy testarudo. Cierta vez él estaba enfermo y el médico, que había ido a verlo a la casa, le recomendó que comiera liviano, ante este consejo el abuelo se enojó, salió de la cama y fue al patio, donde había una mesa, el anciano la levantó con la boca, apretándola con los dientes, la mantuvo un momento en el aire y luego, tranquilamente, la dejó en el suelo sin usar las manos y le dijo al médico: "Cuando usted pueda hacer ésto, venga a darme consejos". Datos parciales del todo, pistas que me preparaban para aceptar lo que iba a saber después, mucho tiempo después.

Pasados los años, comencé a pensar en esa parte de la familia que no conocía, intenté la búsqueda por internet, pero no logré nada. 

No hace mucho, estábamos con mi esposo de vacaciones, jugábamos a las bochas y se acercó otro matrimonio -pasajeros del mismo hotel-; durante un rato nos vieron jugar hasta que la señora preguntó si podían unírsenos, a lo que respondimos que sí. Jugamos varios partidos y, cansados, nos sentamos a conversar, así nos enteramos de que esta pareja vivía en Sarandí y yo -por agregar algo- dije:

    - Tengo primos en Sarandí, pero no los conozco, nunca los ví, sé que viven ahí. Me gustaría conocerlos.

    - Yo tengo un lavadero muy grande, allí archivo los teléfonos de casi todo el barrio, ¿Quiere que vea si está el de sus primos?, dijo la señora.

    - Sí, claro, -contesté yo - esta noche, en la cena, le llevaré anotado mi teléfono y el apellido para que los busque, es la familia Giardinelli.

    - Muy bien, eso haremos, respondió ella.

Así fue, entregué el papel con los datos y no volví a pensar en el tema.

Pasaron los meses -tres para ser exactos-. Una noche suena el teléfono, atiendo y una señora dice: "Soy Julia Giardinelli, me dieron este número porque parece que mi prima vive ahí".

Conversé con ella largo rato, realmente era mi prima, decidimos volver a llamarnos para arreglar un encuentro.

Ahí surgieron todas la preguntas que debí haber hecho mucho antes y no hice; me sentí culpable. Mis padres habían muerto. La única que podía tener respuestas era la cuñada de mi madre - mi tía Beatriz -, ella ya pertenecía a la familia desde antes que yo naciera, era la ultima de su generación, tenía que saber, debía saber.

    "- Tía -le dije-, encontré a una prima hermana mía, sobrina de mi papá, quedamos en vernos, pero antes de eso debo saber por qué papá se alejó de sus hermanos. Porque si lo ofendieron de alguna manera tampoco yo querré estar con ellos, si es que todavía viven, ¿Qué fue lo que los separó?

- El abuelo Pascal -dijo mi tía- le había buscado novia a tu papá, una chica que a él no le interesaba.  Cuando Pascal supo que su hijo estaba de novio con tu mamá, se enojó muchísimo y lo amenazó con  echarlo de casa, el muchacho se enfrentó con su padre y le dijo que amaba a tu mamá y no iba a dejarla. Así es que tu abuelo lo obligó a firmar un papel donde renunciaba a la herencia y lo echó. Los hermanos, temerosos de su padre, se aliaron con él y nunca más lo aceptaron en la familia."

La Verdad, la grande y hermosa verdad, era suave y dulce. Yo amé muchísimo a mi padre, pero ante esta revelación, al saber lo que había sido capaz de hacer por amor, su imagen se agigantó y lo amé más aún.

Al mejor estilo de las novelas románticas, en la vida real, el amor triunfó al final.

Decidí que iba a encontrarme con mi prima Julia; pensaba:

"Una costumbre antigua, traída a la actualidad a través de los tiempos, había servido para dividir a una familia; era un buen momento para terminar con eso, olvidar rencores sin sentido, y tomar la mano que Julia me ofrecía. Iremos de a poco, sin esperar nada una de la otra, simplemente vamos a conocernos."

(Los nombres de las personas fueron cambiados para respetar su privacidad.-)

Sumabe  (Texto y foto: Derechos reservados)









Homenaje a Manuel Mujica Lainez

 Me declaro admiradora de la obra literaria de Manuel Mujica Lainez, por eso quiero dejar en este cofre un pequeño trabajo que escribí basándome en el cuento "El hombrecito del azulejo" de su autoría.

"LA REINA MUERTE DEL BARRIO DE SAN MIGUEL"

Arrastrando sus huesos día y noche, la Muerte del Barrio de San Miguel va cortando vidas implacablemente. A la hora en punto en que Destino lo quiere, su guadaña corta el invisible hilo que nos une a la vida terrenal.

Recorre el barrio y piensa:

"¡Ese mínimo hombrecito azul vino a tenderme una trampa, vino a engañarme! ¡Se hubiera quedado en Francia!, claro, allá era un francés más, sin embargo acá se destaca por su acento al hablar, por sus maneras refinadas...

Me hizo recordar a aquél otro francés, el morocho de ojos azules que vivía a tres cuadras de aquí... Ese también intentó convencerme,  sin llantos ni justificaciones, recuerdo que su argumento era: "Deseo conocerla bien Madame La Mort, concédame el tiempo necesario para saber más sobre usted".

Era la  época en que no se podía comerciar con Francia, por eso llegaban barcos a contrabandear mercancía de ese país; el Capitán André Migranet estaba al mando de una de esas naves; durante su estadía en Buenos Aires se alojaba en mi Barrio, en éste, el barrio del que soy la única real muerte. Soy la Reina Muerte del Barrio de San Miguel.

Lo había conocido hacía dos años ya, durante un duelo donde él se salvó y me llevé la vida de su oponente. Desde entonces supe que André podía verme, sus ojos azules se clavaron en mí y por un instante pensé que esa distracción le valdría la vida en el duelo, pero no, el Capitán era un experto en el arte de la espada.

Sigo recordando esa mirada de la primera vez, finalmente soy femenina, una entidad femenina insensible a las pasiones humanas; sé lo que es el amor, no puedo sentirlo pero soy capaz de reconocer la belleza y desearla para mí. Aquél día deseé que el Capitán fuera mío.

La tarde del día del duelo murió ahogada una niña porteña de unos quince años; iban a tardar mucho en hallar el cadáver, por eso decidí adueñarme del hermoso cuerpo; lo peiné y lo vestí con cuidado y fui al encuentro del morocho de ojos azules.

Lo esperé en el barco, cuando llegó simulé buscar a mi padre, un comerciante en telas - le dije - el Capitán me ayudó en la búsqueda y, por lógica, nunca lo encontramos, pero yo pasé unas horas muy divertidas, tanto es así que olvidé cumplir mi misión en la Tierra y varios agonizantes clamaban por mí.

Mi deber era devolver el cadáver y así lo hice esa misma noche.

El barco de André partió a los dos días, regresó varios meses después; entonces el Capitán se reunía con otros hombres todas las noches, para jugar su dinero en las riñas de gallos. El gallo del francés ganaba siempre, ya nadie quería desafiarlo, hasta que llegó el mulato aquél con el gallo rojo y las monedas de plata que convencieron a André de arriesgar a su campeón una vez más.

André no sólo perdió su dinero, sino también  al gallo que murió en la pelea.

Loco de ira, el francés desenvainó su espada, pero el mulato le arrojó un cuchillo que se clavó en el hombro derecho de André. La herida no presentaba gravedad hasta que se infectó. Ahí fue que volví a ver esos ojos azules mirándome, ya sin asombro, con algo de curiosidad me dijo: "Madame La Morte,  deseo conocerla bien, déme el tiempo necesario  para saber más sobre usted".

No se lo concedí, ya había jugado con él lo suficiente como para perder todo el interés que en mí despiertan las cosas nuevas.

Y llegó el hombrecito del azulejo a recordarme ese acento y esas maneras galantes. El no me distrajo con su parloteo infantil, me distrajeron mis propios recuerdos, mi memoria me traicionó, el tiempo pasó sin que yo lo notara.

Es verdad que ataqué al enanito, pero también es verdad que finalmente le permití volver con su amiguito.

Me reía a carcajadas,  ¡burlarse de mí!, de la Reina Muerte del Barrio de San Miguel!

Si no pudieron esos bellos ojos azules, nadie en el mundo podrá.


Sumabe (Derechos reservados).-



RITMO

El sonido de la gran inyectora ya formaba parte del ritmo de trabajo.
Clap, abrir.
Clap, cargar.
Clap, cerrar.
Clap, esperar.
Clap, vaciar.
la secuencia se repetía y se repetía.

El constante clap, clap, clap podía haber llegado a enloquecer a cualquier otro, pero no a él.

Él había encontrado una cadencia y se acostumbró a trabajar meciendo las caderas al compás del clap clap. Si hasta le provocaba una cierta alegría y, los días que se encontraba de buen humor, solía cantar a su ritmo:

"Baila, niña bonita, baila, menéate para mí.
Mírame, bella muchacha, mírame, sacúdete para mí".

- ¡Ea, vamos todos amigos, canten conmigo!
Los demás  se reían de la ocurrencia, pero no hacían caso, sólo continuaban con el ritmo del trabajo.

Al sonar la sirena del mediodía, todos se quitaban los pesados cascos, los guantes, pasaban a lavarse las manos y entraban al comedor donde los esperaba carne de vaca  si era lunes, tarta de verdura los martes, los miércoles tortilla, los jueves pescado y los viernes ravioles con salsa roja, cada día sin equivocar el menú.

Al sonar la sirena de las cinco de la tarde, todos iban a los armarios y guardaban allí sus elementos de trabajo, cerraban con llave y regresaban a sus casas.

Al día  siguiente volver a empezar la constante rutina.

"Baila, niña bonita, baila, menéate para mí.
Mírame, bella muchacha, mírame, sacúdete para mí".

Clap clap clap clap,
abrir,
cargar,
cerrar,
esperar,
vaciar.

Sonó la sirena que anunciaba el almuerzo, era lunes y comieron pizza.

- Los lunes comemos carne.
- Pero comimos pizza.
- Porque no es lunes.
- Sí, es lunes, ayer fui a la cancha.

Clap clap clap clap                                    clap  clap
- Alguien se ha robado tres de mis clap y ahora no sé si debo abrir o cerrar, vaciar o llenar.
- Eso pasa porque comiste pizza, estás desorientado y perdés la cuenta, mira, seguime:

"Baila, niña bonita, baila, menéate para mí.
Mírame, bella muchacha, mírame, sacú...

- ¿Qué ha pasado, te olvidaste la letra?
- ¡Mi dedo, me lo cortó!
- ¡Ayuden, corran, ayuden!

Clap clap clap clap clap

- No podemos detenernos, el ritmo nos obliga a trabajar.
- Dejen todo, debemos tocar el botón de pánico.
- Yo  no puedo parar, si paro pierdo el compás y mi premio a la mejor producción de la semana.

Clap clap clap clap clap

El dedo giraba en el centro de la inyectora y era cortado, aplastado y bañado en plástico amarillo que, mezclado  con la sangre, se convertía en un bellísimo naranja.
El obrero cantor se desmayó de dolor y debilidad debido a la hemorragia.
Los otros siguieron trabajando.

Clap clap clap clap clap

Sumabe (Derechos reservados)







MIENTRAS ESTUVISTE A MI LADO NO TE AMÉ

Por esos días yo estaba junto a vos porque amaba lo que yo era cuando te tenía cerca.

Amaba los detalles que agregabas a la casa: sacaste las pesadas cortinas de seda oscura y mandaste a colgar ésas, de una tela tan blanca, tan transparente que, al mecerse con el viento, parecían fantasmas danzando al compás de tu piano. 

La casa se llenó de luz.

Sí, es cierto, para todos la claridad que nos invadía venía del sol, pero yo sabía que eras vos la que irradiabas luz.

Verdad, amiga mía, no te amaba entonces, amaba las flores que, con la primavera, invadían nuestro jardín. Amaba los colores que se mezclaban sobre el verde tapiz de la gramilla. Amaba los senderos de piedras blancas. Amaba la fuente que cantaba junto al ciruelo que, por arte de tu magia, sin haber brotado  ni una hoja, había amanecido nevado de flores blancas.

No te amé a vos, amaba tu perfume, aquél que compramos en el viaje a Europa y que  no permití que te faltara jamás.

Te gustaba, sé que ese perfume te gustaba, pero yo lo compraba para mí, para sentirlo en tu piel, tu pelo y para ir secretamente a tu cuarto y oler tu ropa, evocándote, las pocas veces que salías sola.

Amaba mis iniciales bordadas en mis pañuelos y mis camisas.

No, no iba a olvidar tus cuadros, llenaste las paredes de mi despacho con ellos, amaba la belleza de las flores que creaste para mí.

Y sí que amaba más cosas, la lista es larga, no voy a poder contarte todo lo que amaba y que amo todavía.

Sí, ya sé que todo eso me rodea, ahí están tus cortinas, tu jardín, tus bordados, tus cuadros.

No, no puedo decir "nuestras cortinas", "nuestro jardín", no son nuestros, son solamente tuyos.

No son la misma cosa si vos no estás, no son las cosas que amo, son simples adornos de una casa, se perdió tu magia.

¿Y si te dijera que amaba tu música después de cenar? Tus manos acariciando las teclas, tu expresión mientras tocabas.

Es que eso te lo llevaste vos.

Intentémoslo, volvé. Amo tus ojos y no los veo, amo tu sonrisa, no me la quites. Amo tu pelo suelto y ya no podré acariciarlo.

Sí, ahora lo sé,  amo tu alegría, tu constancia, tu sabiduría, tu compañía, todo esto que siento es que te amo a vos, fue necesario perderte para entenderlo.

Juntos haremos florecer los azahares y volverá a jugar tu pequeño caniche blanco, que te extraña tanto como yo.

Sumabe (Derechos reservados)

SIMPLE ORACIÓN

Olor a tierra mojada en el aire, pero todavía no llueve.

Nubes oscuras, gordas,  cargadas de electricidad, esconden el cielo del verano.

Un festival de rayos y truenos se acerca lentamente desde el Este.


Se detiene el viento; la tierra seca que antes se arremolinaba, ahora se aquieta y espera con avidez las primeras gotas.

El Oeste dibuja un horizonte púrpura, levemente iluminado por el sol que ya se fue.

Se puede ser más bueno en momentos como éste, se puede sentir que cualquier objetivo es fácilmente alcanzable, se puede sentir la libertad corriendo por las venas, se puede...

La dama de noche, que cada invierno podo, insiste en florecer en diciembre e inundar el espacio con su aroma dulzón que hoy compite con el olor a lluvia.

Despacio, tratando de no hacer ningún ruido, casi como un duende del jardín, camino hasta el banco de piedra, me siento y - sin querer - al apoyar mi espalda y dejar caer los brazos, mi mano izquierda roza la planta de lavanda.

Con los ojos cerrados, escucho a los pájaros en su revuelo al regresar presurosos a los nidos y los grillos que ya empezaron a cantar. Acaricio las ramas de lavanda en un vaivén involuntario de mi brazo, mientras me relajo y disfruto.

Un mosquito pasa cerca de mi cara, instintivamente lo espanto y, al pasar mi mano delante de mí, puedo sentir el maravilloso perfume que la planta vecina  dejó en mis dedos.

Por fin comienza la percusión de las gotas sobre las tejas, el redoble de los truenos sobre mi cabeza y el espectáculo de los relámpagos completan una sinfonía imposible de imitar por instrumentos construidos por el hombre.

Permito que el agua caiga sobre mí y siento que soy bendecida, mojada, feliz, libre, abro mi boca mirando el cielo y dejo que el agua me invada.

¡Agua que da vida, fortaléceme, Mi Señor, bendíceme!

Sumabe (Derechos reservados)

CARNAVAL

 

Piedras, cardones, música, bailes,  ceremonias misteriosas.

El calor pega las ropas al cuerpo.

 Sed de chicha.

Los disfraces nos igualan, no se sabe quién es plebe y quién poderoso, los hombres somos diablos y las mujeres gitanas.

En el anonimato que dan las máscaras podemos dejar salir otros seres que nos habitan todo el año, pero que reprimimos.

Junto a la apacheta, saludamos a la Pachamama y desenterramos el Carnaval, bajamos del cerro hasta el pueblo y empezamos los bailes que durarán nueve días.

Entre la gente bailás sin parar.

Verte es descubrir tu luz, nadie más brilla entre la multitud, sos vos, la que espero, la que deseo, te encontré.

Robás mi ramito de albahaca, dejás mi cabeza nevada de talco e intentás irte corriendo, entre risas. Queda tu perfume por donde pasás. Trato de seguirte, codeando gente, trastabillando, mareado de tanta chicha.

Se adivina tu figura debajo del vestido que se pega a tu sudor. Tus trenzas negras imitan un baile brincando en tu espalda.

Alguien tira talco sobre vos, te detenés de pronto y así, blanca y quieta, parecés un fantasma que me hechiza.

Estoy hechizado.

Quedamos cara a cara, máscara con máscara, toco tu pelo, te reís y volvés a correr. Yo conozco esa risa.

Sos mi preciosa niña, aymará como yo, sangre de reyes guerreros corre por nuestras venas.

No huyas más corazón, hace siglos que andamos juntos por la quebrada, vení, quedate. 

Bailemos juntos.

Texto: Sumabe.- (Derechos reservados)

Imagen: solofotos22.blogspot.com

EL DIVINO CONOCIMIENTO

 La mítica cordillera de Veerdhum se alza imperturbable como silente testigo de guerras, pestes, grandes logros, inventos maravillosos y todo aquello que hizo que la humanidad sea lo que es hoy, lo malo y lo bueno, sus piedras lo conocen. Se sabe dueña de los cerros más altos del planeta, respetada por quienes pretenden escalarla, convirtiéndose -a veces- en destino ansiado por muchos. 
No sólo los deportistas la tienen como meta, otra clase de personas se refugian entre esos macizos graníticos, en su búsqueda de la santidad.

Desde el inicio de la historia, los seres humanos construyeron Templos para servir a los Dioses en constante adoración. En Veerdhum, un Templo en particular, como corazón del Monasterio que lo alberga, atrae devotos servidores. Una construcción imponente, verdadera fortaleza de piedra obtenida de las mismas montañas, paredes gruesas, salones inmensos. Allí las personas sienten su pequeñez ante tanta grandeza dedicada al Divino Fuego.  

He sido testigo de esta historia, que ahora escribiré para ustedes.  Ahora es cuando se debe dejar constancia escrita de todo lo que sucedió en torno al Templo del Fuego, antes que sea demasiado tarde.

CAPITULO I

Nevaba, como todas las noches de ese invierno. Era casi la hora de retirarse a las celdas, la noche sería larga y muy fría en el viejo Monasterio.

 Los estudiantes más jóvenes prolongaban la velada con la música de sus instrumentos, suaves melodías que acompañaban su meditación.

El Prior, Gran Maestro Marcus, cubriéndose con el gastado abrigo, salió - una vez más- a ver si la luz de las antorchas en el camino, le anunciaba que los peregrinos llegaban a la cumbre de Veerdhum y, con ello, a las puertas del Templo, que permanecía abierto solamente para esperarlos.

"La llegada estaba prevista para antes de la caída del sol - decía uno de los maestros instructores -, la tormenta de nieve debió demorarlos, se habrán quedado en el refugio, que está a mitad de la marcha, entonces sería inútil esperarlos esta noche".

El Superior simuló no escuchar el prudente comentario y, ansioso, siguió su camino. Afuera nieve y oscuridad se enseñoreaban sobre todas las cosas y no había rastros de gente en el sendero que sube hasta la cima en un sin fin de curvas y contracurvas.

El monje encargado de apagar las lámparas cumplió con su tarea, todo se llenó de sombras. La única luz que reinaba en el lugar llegaba desde las cálidas llamas, que bailaban su danza milenaria, la eterna danza del fuego del Templo.

Los postulantes decidieron abandonar la práctica de sus instrumentos, empujados por la falta de luz. Si por ellos fuese hubieran seguido tocando y cantando los mantras, pero las reglas del Monasterio eran inquebrantables. Silenciosamente - no se escuchó ni el rozar de sus pies sobre las piedras del piso - se deslizaron por las galerías, un fantasmagórico desplazar de largas túnicas grises, que parecían flotar mientras caminaban.

Todo se  aquietó, el silencio invadía el lugar, el Gran Maestro regresó al salón. Solo, sentado en el piso,  sobre una  alfombra,  se dispuso a esperar despierto la llegada de los peregrinos. En cualquier otra ocasión se iría  a dormir también él, pero no esa noche, el Elegido llegaba y nadie más lo sabía.

El sueño y el cansancio vencían al viejo monje, pero se resistía, en esa especie de duermevela los recuerdos regresaban a él:

"La Gran Guerra cambió la vida de todos  - recuerda Marcos - cuando él era un novicio el ejército de ocupación usó ese Lugar Sagrado como prisión. Todavía, en el absoluto silencio de noches como ésa, sin poder dormir, creía escuchar los gritos desesperados de los prisioneros, que eran torturados hasta morir.

Al triunfar las fuerzas  patriotas, pasaron a degüello a cuantos guerreros enemigos hallaron. Con la alegría de la victoria llegaron días de fiesta para los monjes, que se ocuparon de la asistencia de todas las víctimas que quedaron en el lugar. La Hospedería de Peregrinos, junto al Monasterio, funcionó entonces como Hospital.

Luego, lentamente los monjes regresaron a su rutina de oración, meditación, trabajo y estudio".

El Prior seguía esperando, insomne,  esa catarata de recuerdos lo llevó al momento  - fundamental en su vida - en que el misterioso Cofre fue introducido al Monasterio.

"El Cofre estaba oculto entre las Sagradas Murallas desde la época de la Gran Guerra: Tertio, el General de las fuerzas adversarias, lo trajo una tarde para guardarlo en el Templo, sin sospechar que ese pequeño novicio, Marcus, estaba allí ocupándose de la limpieza y de algo mucho más importante: alimentar el Fuego. Al escuchar las  fuertes pisadas del militar  resonando en la galería, Marcus, asustado, se escondió detrás de una cortina, no podía irse sin ser visto y eso lo aterraba, se sentó en el piso, temblaba de miedo.

Desde allí pudo ver al General subiendo los pocos peldaños labrados en la roca y  levantando una de las losas, dejó a la vista un nicho en el que  guardó el Cofre, volviendo a cubrirlo. Fueron testigos de todo: Marcus y el Fuego del Templo, al que la furia de la guerra no pudo abatir y las llamas siguieron bailando su milenaria danza".

Marcus pudo guardar ese secreto para sí durante años, pero su tiempo en el cargo se terminaba, llegaba el momento de compartirlo, el Elegido debía saberlo  y decidiría qué hacer.

Con las primeras luces del día volvió la actividad al Monasterio. Marcus  compartió las oraciones de la mañana con todos, luego el desayuno - una fruta y  un vaso de leche - de allí cada uno partió para cumplir con sus tareas diarias: limpiar los claustros, trabajar en la huerta y el jardín, quitar la nieve de las entradas, otros a cuidar los animales, los estudiantes más avanzados en la biblioteca, restaurando algunos manuscritos, el  resto en clase. 

A mediodía se disponían a ensayar la  Ceremonia de bienvenida  una vez más, cuando fuertes golpes en el portal oeste de la muralla exterior les anunciaron que, al fin, llegaban los peregrinos.

 Tras los respetuosos saludos y luego de descansar del difícil acceso a la cima, los recién llegados participaron de la ceremonia que los monjes celebraban en su honor, en torno del Fuego, luego de lo cual, el monje guía les explicó las características del lugar:

- "Como pueden ver, la nave central del Templo es una enorme caverna natural, en forma de círculo, labrada por el agua del deshielo,  que se filtró por alguna grieta durante centurias. Hoy estas paredes están cubiertas de pinturas alegóricas, hechas por Hermanos que nos precedieron, allí,  en el centro, un gran pozo de casi dos metros de  diámetro e incontables metros de profundidad, es el recipiente del Fuego Sagrado".

La Ceremonia consistía en alimentar el Fuego con leña, música y cánticos dedicados a Él, seguidos de la oración  del Gran Maestro Marcus, que siempre era diferente.

Reconfortados y alegres, después del oficio, se dirigían a almorzar  cuando uno de los peregrinos más jóvenes se acercó al Gran Maestro, se disculpó  por molestarlo y le pidió conversar a solas. 

Marcus no reaccionaba de su asombro, quedó como paralizado, era como tener  nuevamente frente a él a aquél General despiadado al que tanto había temido, el parecido era asombroso.

- Maestro, ¿Está usted bien?, dijo el peregrino.

- ¡Sígame! - fue la única respuesta que el monje pudo articular-.

Caminaron  hasta el gran salón cuyas paredes eran de piedra obtenida de las profundidades de Veerdhum, una larga mesa fría y dura, con veinte sillas a su alrededor, todo del mismo material que los muros; el monje tomó asiento sin decir nada. El joven, de pie, esperaba respetuosamente que el anciano empezara a hablar. El tiempo pasaba, Marcus tenía los ojos cerrados y las manos juntas, parecía estar en oración, hasta que empezó a preguntar:

- ¿Qué necesita?, dijo sin mirar al peregrino.

- Traigo esta carta  para usted, Maestro.

Marcus agradeció con un gesto y tomó el sobre que el otro le alcanzaba. Con ansiedad rompió el sobre y sacó la carta, en ella se notaba el contraste de las costumbres simples del Monasterio y el lujo que ostentaban los Hermanos citadinos, el papel era de la mejor calidad y de un blanco purísimo, lo desdobló y allí, con esa distinguida caligrafía en cursiva, entre frases de saludos y todo tipo de cortesías, estaba escrito:

"El portador es el elegido".

Un temblor recorrió al anciano, pero se sobrepuso. Comenzó a pasear  por el recinto sin decir nada, el joven lo miraba desconcertado.

Cuando pudo hablar, el monje le dijo:

- ¿Cuál es tu nombre?

- Virgil Tertio  - Dijo el muchacho inclinándose en una respetuosa reverencia.

Virgil lucía una sonrisa inocente, cabello muy corto, bien peinado, ropas finas pero sencillas, la mirada de Marcus se detuvo en sus botas, que, a pesar de estar sucias  después del ascenso a pie, podía notarse que eran del mejor cuero, el prior hizo caso omiso de eso y continuó con sus preguntas:

- ¿En su familia hay militares?

Esa interpelación sorprendió al peregrino, pero se sobrepuso diciendo:

- Mi abuelo lo era.

Marcus tomó unos segundos para recomponerse, sus sospechas estaban confirmadas, se miraba los pies en ese momento, sin alzar la vista, siguió hablando:

-Yo lo conocí, en la Gran Guerra, él era el General de las fuerzas enemigas.

Impulsivamente, Virgil lo interrumpió, defendiéndose.

- Mi familia  no está orgullosa de los actos del abuelo, mi padre es médico y decidió quedarse a trabajar por el bien de esta tierra. He nacido acá, amo  este lugar y a su gente, le ruego. Maestro, no me avergüence recordándolo.

Tras otro largo silencio, el viejo monje invitó al muchacho a unirse a los demás  en la mesa del almuerzo. Virgil agradeció y se retiró muy triste, le habían dicho que la carta que llevaba le abriría todas las puertas  y- en cambio - recibió  un fuerte rechazo del Gran Maestro.

Marcus no fue a comer. Le parecía evidente que el chico no tenía idea de que la elección había caído en él, es más, Virgil no sabía siquiera que se había realizado una elección. Correspondía informar a los miembros del Consejo, tenía que entregar la carta, pero había tiempo, no estaba obligado a proceder con urgencia, se tomaría unos días para buscar ayuda en el Libro.

Transcurrió el día, los peregrinos ya estaban instalados  en la Hospedería. El Elegido debía quedarse en el Monasterio, Marcus ya pensaría en algo que lo retendría, para empezar: dio la orden de que lo instalaran en la celda de los novicios, aunque no fuera un iniciado, era una buena forma de tenerlo cerca.

Esa noche, una vez que las lámparas se habían apagado  y todos se retiraron a sus celdas para la meditación y posterior sueño, las sombras se adueñaban del espacio interior, dejando una sensación de misterio. El Maestro, de recorrida, controlando que nadie olvidara sus obligaciones. Se detenía ante la puerta de reja de cada aposento, viendo con alegría que los novicios - bulliciosos e inquietos durante la sobremesa - estaban aplicando, con profunda intención, las técnicas de concentración  que se les enseñaron.

Al llegar a la celda de Virgil,  quedó atónito, el muchacho tenía una alfombra extendida en el piso, al costado del catre, se había sentado allí para hacer ejercicios espirituales. Levitaba como a cinco centímetros del suelo. Sin hacer ruido, Marcus regresó a su aposento buscando tranquilizarse.

El día siguiente amaneció lloviendo, el Elegido estaba orando, casi desnudo, en medio del patio, bajo el agua, con una temperatura de varios grados bajo cero, cuando los estudiantes iban hacia el Templo para la ceremonia matutina, lo vieron y avisaron a los instructores, los que inmediatamente fueron a buscarlo.

- Virgil, no conocemos sus costumbres, así que pedimos disculpas por interrumpirlo, pero consideramos conveniente que nos acompañe.

Sin una palabra, el chico los siguió hasta que estuvieron bajo techo y Lucio, un monje muy anciano, les acercó toallas calientes para que lo secaran rápido.

- Gracias Maestro - dijo Virgil - perdón por provocar tantas molestias. Les ruego que se calmen, no me hace daño el frío, al contrario, me fortalece. 

Lucio no respondió, se fue caminando despacio, apoyándose en su bastón, por la galería, hasta llegar al despacho del Gran Maestro que se encontraba de pie, junto a la ventana, observando todo lo que sucedía en el patio.

Recibió al anciano que llegaba muy preocupado. Fueron a la Ceremonia Matutina juntos, como siempre desde que Marcus había quedado bajo la tutela de Lucio, su Maestro. Al  salir del Templo, cuando llegaron al calor de la Sala de lectura, pidieron a los postulantes, que hacían la limpieza, que los dejaran solos. Se sentaron lado a lado en uno de los sillones de cuero verde, ya gastados, pero tan cómodos como cuando los recibieron en donación y conversaron - en voz muy baja para no ser escuchados - sobre el suceso de la mañana.

- Marcus, este chico, Virgil, me hizo acordar de cuando  tú eras un monje iniciado y te paseabas, con muy poca ropa, en medio de  la nevada. Hoy no nieva, pero el frío es muy intenso, ¿Qué te ha parecido?

- Tengo algo que contarte, Lucio, espera un momento,  no te muevas de aquí, ya regreso.

El Gran Maestro apresuró su paso, iba a su Despacho a buscar la carta que le había dado Virgil. Al volver se la entregó al anciano y se sentó  esperando que  él concluyera la lectura.

- "El portador es el Elegido", ¿A quién se refiere?, dijo Lucio.

- A Virgil. Marcus respondió consternado.

- ¡Pero si ni siquiera es monje, novicio ni postulante!, ¿Cómo se les ocurre? - dijo Lucio alzando  la voz.

Haciendo un gesto para que bajara el tono, Marcus se acomodó en el sillón y respondió:  

- Querido Lucio, anoche vi al chico levitando,  ahora nos dice que el frío lo fortalece, vamos a tener que observarlo, para eso es necesario que no se vaya del Monasterio. Llamaremos a Reunión del Consejo de Ancianos  cuando los peregrinos se hayan ido.

Se quedaron callados por unos cuantos segundos. Lucio rompió el silencio:

- Debemos pensar en una buena excusa para retenerlo sin que sospeche, no sabe nada de esto, ¿No?

- Creo que no sabe, de todas formas, no va a ser  fácil - con gesto de preocupación se expresaba el Prior.-

- Algo se nos ocurrirá, dejemos que suceda lo que debe suceder - palmeando a su amigo, Lucio intentaba consolarlo -

Se levantaron, llamaron a los encargados de la limpieza para que terminen su tarea y cada uno regresó a su trabajo.

CAPITULO  II

Durante la tarde se organizaron juegos y combates al aire libre, en la Arena del  Monasterio, en los que participaron peregrinos y monjes. Virgil salió victorioso en todos ellos, los campeones del lugar estaban asombrados  con el desempeño de este recién llegado, un verdadero desconocido  que, a pesar de todo, seguía pareciéndoles humilde y les agradaba estar en su compañía.

La cena los encontró a todos agotados, comieron frugalmente, los peregrinos se alojaron en la Hospedería. En el Monasterio, los monjes, a pesar de que el cansancio los superaba, debían repetir su rutina,  meditación antes de dormir. 
Esa noche, con más motivación  que nunca, Marcus salió  a hacer su paseo nocturno entre las celdas. Podría ser que encontrara a más de uno dormido por el cansancio, pero no, todos estaban respetando las reglas. 

La pequeña cámara de Virgil estaba a unos pasos, el Maestro había aprendido a caminar sin hacer ruido alguno y se esforzó porque así fuese. Llegó a la reja y miró, el Elegido estaba levitando, como ayer, además la vela, que debía estar en el estante, junto al catre, se encontraba flotando detrás  del chico, provocando un efecto de luces y sombras  tenebrosas.

El Gran Maestro ya no se sorprendió, era evidente que Virgil había desarrollado su condición física y mental a niveles superiores. Tal como él mismo lo hizo en su juventud, después de encontrar el Libro y dedicarse a estudiarlo cuando todos creían  que dormía.

Para encontrar la sabiduría que necesitaba, Marcus fue al Templo, atravesando los pasillos en una total oscuridad, conocía tanto ese camino que podía hacerlo con los ojos cerrados. Ya en la entrada, subió los pocos escalones labrados en la roca, encendió una antorcha; a pesar de que era improbable que  alguien llegara  hasta el Santo Lugar a esa hora,  corrió el pasador impidiendo que se abra la pesada puerta desde afuera. Levantó una losa dejando a la vista un nicho, de allí sacó el Cofre de madera labrada donde estaba guardado el texto del Divino Conocimiento, lo tomó con ambas manos, besándolo suavemente y lo apoyó en una mesa cercana. Guardó el Cofre vacío  donde lo encontró. 

Acarició esas tapas de cuero negro, tan conocidas para él. Ocultó  el Libro  en un pliegue de su capa, borró las huellas que pudo dejar, apagó la antorcha. Volvió a su celda con el Preciado  Volumen que, en cincuenta años, por primera vez dejó su escondite.

El amanecer sorprendió a Marcus tranquilo, había leído hasta sentirse fortalecido  por la Palabra, casi no durmió, pero se levantó antes que  nadie, debía preparar la despedida a los peregrinos.

Al salir de su celda se encontró con Virgil que estaba esperándolo:
-  Disculpe Maestro, ¿Podemos hablar?
- Camine a mi lado, no puedo detenerme, estoy apurado, pero dígame qué necesita.
- Debo irme con los otros, Maestro.
- Sí, es verdad, hubiera sido bueno conocernos mejor, Virgil, es lamentable que usted tenga que partir.
- Me gustaría quedarme, Señor, el tiempo que ustedes crean conveniente, como postulante.
Una gran sonrisa  iluminó la cara de Marcus, ya no debería pensar en una excusa, el chico se quedaba.
- No puedo decidir eso - dijo Marcus - tiene que hablar con el Maestro de Instructores, si él está de acuerdo, no habrá problema.  Si es que se queda, vaya aprendiendo a no saltar  escalones en la jerarquía de la casa: Yo soy el Prior, el último escalón, no el primero.

- Sí, comprendo, perdone mi torpeza. Voy a buscar al Maestro de Instructores, ¿Dónde lo encuentro?

- No lo busque, empiece a trabajar  en su paciencia, él  lo llamará cuando pueda atenderlo.

"Las cosas están saliendo mejor de lo que esperaba", pensaba Marcus, mientras iba  al encuentro del Maestro de Instructores, para hacerle saber que debía aceptar a Virgil como estudiante.

El muchacho desayunó sin hablar, su equipaje estaba listo pues, si debía irse, no quería retrasarse. "No", pensaba Virgil, "No voy a irme, vine para lograrlo, ¡Tanto que me preparé!, mis diecinueve años de vida han sido dedicados a este momento, no puedo perder esta oportunidad. Que me hayan convocado para traer esa  misteriosa carta no es casualidad, no existen las casualidades, el Destino me trajo y voy a ser aceptado".

Salió al patio, donde todos se despedían, se abrigó como para emprender el viaje de regreso. "El tiempo está bueno, hay sol  y no sopla el viento"- Virgil reflexionaba - "descender es más  rápido, tal vez no nos detendremos en el refugio, quizás esta noche duerma en la ciudad. ¡No, no me iré! El Maestro me pidió que trabaje una virtud: la paciencia, eso haré, seré paciente hasta el último minuto".

Del medio del gentío salió un monje de cara redonda y nariz colorada que se acercó al chico:
- ¿Me buscabas Virgil?
-   ¿Maestro instructor?
- Sí, hijo, ¿Qué necesitas?
- Deseo que me acepten como estudiante.
-  ¿ Por qué quieres eso?
- Busco el ideal, la perfección y sé que aquí lo encontraré.
- Sólo será  lo que deba ser, hijito, por ahora te quedas, ven conmigo.

Se fueron los peregrinos, como siempre: una mezcla de cansancio y alegría por los momentos vividos, invadió el lugar.

Con extremo sigilo, el monje mensajero, convocó  a los miembros del Consejo de Ancianos a una reunión secreta.

Ya reunidos, el Maestro Marcus entregó la carta para que todos los miembros conocieran las novedades y pidió que lo escucharan, puso sobre la mesa el Libro del Divino Conocimiento y relató los hechos tal como han sido desde su juventud hasta ese momento, cómo se encontró con el texto  que acababa de presentar, cómo lo mantuvo oculto y dijo:

"Este Libro me permitió hacer las mismas cosas que hemos visto hacer a Virgil. En estas páginas se puede encontrar la Gloria, con su lectura multiplicamos nuestros talentos. Hasta ahí todo está bien,  el verdadero problema, queridísimos hermanos, es cómo usamos luego esos poderes: para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás, para ascender en la escalera que nos lleva a la Perfección, para ser luz en la Tierra o como arma de dominación, sumirnos en la oscuridad y convertirnos en semidioses, sometiendo al mundo a nuestro antojo.  Ahora se nos presenta este joven, nieto del único ser  que nos permitimos odiar, diciendo que "busca la perfección" y tenemos que aceptarlo como Elegido, lo que significa que heredará mi puesto en poco tiempo más. Y bien, Venerables, he hablado, los escucho".

Después de mucho discutir, se llegó a la conclusión  de que Virgil no era confiable, los ancianos concordaban con la idea de Marcus y Lucio. Virgil debía permanecer en el  Monasterio, vigilado de día y de noche. 
El Libro sería escondido en la Biblioteca, entre miles de otros volúmenes, se le cambiarán las tapas, se guardará bajo un nombre falso, hallarlo será imposible para quien no sepa dónde buscarlo.  Pese a tanto recaudo se le preguntó al Prior si, entre sus habilidades, había algún modo de mantenerlo invisible a los ojos del Elegido y se le ordenó jurar no volver a usarlo sin autorización del Consejo.

- ¡No! es la fuente de mi sabiduría, me conforta en los malos momentos, recurro a él ante las situaciones difíciles, siempre tiene una respuesta.

- Marcus, eres el Gran Maestro, debes dar muestra de humildad  y hacer lo que pedimos. Si nos hubieras puesto al tanto de su existencia cuando lo hallaste, tal vez, pero no, ese libro se apodera de la conciencia del que lo lee, es por tu bien que hacemos esto.

- Ya soy un anciano, el año próximo estaré sentado ahí, con ustedes, permítanme...

- ¡Jura! - casi  todos los venerables dieron la orden al unísono -

Marcus tomó el pesado volumen, dijo algo entre dientes, tras lo cual aseguró que Virgil no lo vería, aunque lo tuviera frente a su nariz y hablando muy solemnemente: 
- Juro ante este Concejo, no volver a usar el Libro sin la debida autorización. - Lloraba en silencio, las manos le temblaban, pudo reponerse rápidamente, pidiendo permiso se retiró a su celda, donde se sintió solo por primera vez, sus Venerables Hermanos no lo comprendían.

CAPITULO III

Pasaron los meses, más de un año. 

En el lugar todo seguía su curso. Virgil era un alumno inteligente, responsable, obediente de las reglas, bueno con los  instructores  y sus compañeros, a los mayores les preocupaban los frecuentes paseos nocturnos hacia el Templo, cuando todos debían dormir, el chico llegaba a la puerta, dudaba y se volvía sin entrar.

Durante el tiempo transcurrido desde que el novicio llegó, los Consejeros intentaron cambiar al Elegido por algunos muy dignos monjes del lugar, que demostraron tener todas las virtudes, edad y antigüedad necesarias para ese honor, pero chocaban contra la negativa constante del Abad que residía en la Casa Matriz, ubicada en el centro histórico de la ciudad. 

Los monjes que vivían en la cima del cerro, a miles de metros sobre el nivel del mar, sentían que el esfuerzo que significaba su forma de vida los acercaba a la santidad. Vivir en la ciudad les parecía demasiada comodidad, tomaban como frívola la actitud de ese Abad citadino que no escuchaba razones.

El secreto, sobre la existencia del Libro del Divino Conocimiento, se había mantenido dentro del Consejo y nadie más lo sabía. Decidieron que "no era necesario informar a su Superior de ese detalle".

Se acercaba el tiempo en que deberían anunciar a Virgil que era el Elegido.

Marcus y Lucio mantenían vigilado al muchacho. En varias ocasiones Lucio se sorprendió al descubrirlo espiando al Prior mientras dormía, por eso urdieron un plan que sería peligroso para el Gran Maestro. Para cumplirlo había que practicar la bilocación y engañarlo, la doble presencia permitiría que viera dormido a Marcus en su celda mientras, al  mismo tiempo, siendo invisible, seguiría al chico en sus paseos nocturnos. No importaban los riesgos, debían conocer la verdad.

Una de tantas noches, cuando los Hermanos se retiraron temprano y el monje encargado de apagar  velas y antorchas había hecho su trabajo, las sombras cubrían al Monasterio, solo el Templo continuaba  iluminado  por el Fuego Eterno. Virgil se levantó, salió de su celda casi sin tocar el piso, ni el mínimo roce de sus sandalias, ni el más insignificante ruido quebró la quietud del lugar, se desplazó  lentamente, hasta llegar donde dormía el Prior, lo vio tendido en su catre, plácidamente dormido. Conforme al comprobar eso, siguió hacia el lugar Sagrado, sin saber que, a su lado, iba Marcus, invisible a sus ojos, dispuesto a descubrir sus intenciones.

Juntos subieron los pocos escalones tallados en la roca, el discípulo levantó una losa, abrió el nicho, sacó el Cofre.

Marcus se sintió mal, el parecido con el abuelo se hizo más evidente con la luz de las Divinas Llamas, el miedo provocó que perdiera la concentración  y se volviera visible, pero Virgil estaba demasiado interesado en su tarea como para darse cuenta de que no estaba solo. Cuando el Elegido abrió el Cofre, descubrió lo imprevisto: el Libro no estaba. Sintió que se mareaba, dio un paso atrás y se encontró con Marcus.

El Prior rompió el silencio:

- ¿Qué haces aquí Virgil?

- Busco lo que pertenece a mi padre y a mí, el legado de mi abuelo - dijo el chico con algo de soberbia -

- ¿Lo buscas ahí? Extraño lugar para encontrar una herencia, ¿Verdad?, esto no es un banco... - una sonrisa se dibujaba en los  labios del Prior - Ese Cofre está vacío, como puedes ver.

Con el Cofre abierto en sus manos y la sorpresa dibujada en su rostro, Virgil pregunto:

- ¿Dónde está el Libro?

El Gran Maestro dejó transcurrir unos segundos, mientras pensaba.

- No sé de qué me hablas, querido muchacho.

Con su mano derecha, el anciano, dio unos golpecitos en el hombro del triste novicio, como consolándolo.

Llorando, Virgil confesó que fracasó su misión en el Monasterio, su padre lo había enviado a buscar el original, con la carta que le abriría todas las puertas, de la cual no conocía el contenido.

- Mi abuelo copió el texto del Divino Conocimiento, pero no pudo completarlo. Yo quería alcanzar la perfección, como dije cuando pedí quedarme, solamente podía lograrlo con el original y ya no está.

En ese momento Marcus comprendió que el pobre chico ha sido un instrumento de su padre y, viendo que estaba muy mal, se ofreció a acompañarlo a la enfermería, por primera vez sintió cariño hacia el Elegido.

La salud de Virgil se deterioraba  día a día, ya no podían hacer nada por él en el Monasterio. El Consejo de ancianos envió una carta suplicándole al Dr. Tertio - padre del novicio -  que lo llevara a la ciudad, esperando que, siendo médico, entendería la urgencia de la situación.

Una semana después se abrieron las puertas para la entrada de cinco visitantes, era impactante verlos, sus abrigos de piel de zorro largos hasta las rodillas, los gorros típicos, pero hechos del mejor cuero negro , el mismo material lucían en sus botas. Parte del ascenso se había  hecho a caballo, por lo cual  llevaban látigo y espuelas. Al verlos Lucio pensó "Látigo y espuelas, mala cosa atraviesa esta puerta".

Era la comitiva que acompañaba al Dr. Tertio, quien inmediatamente exigió ver a su hijo, sin cumplir con  ninguna de las Ceremonias que se habían organizado para recibir a tan distinguida persona.

Ante la negativa, el Hermano encargado de recibirlos se dirigió solamente al Doctor:

- Al menos haga una visita al Templo mientras lo espera, Virgil se reunirá allí con usted.

- Así sea, - dijo el Doctor y dio una orden a sus acompañantes - ustedes esperen acá, no tardaré mucho.

Sin esperar respuesta, dando media vuelta, siguió a los monjes que lo guiaban en silencio.

CAPITULO IV

En cuanto Virgil supo que su padre había llegado para verlo, hizo un esfuerzo  enorme para ponerse de pie y caminar  por sus propios medios, realmente estaba emocionado y la idea  de abrazar a su progenitor lo motivaba para seguir  adelante, pese a sus males.

Los monjes habían preparado una bienvenida en torno al Fuego, pero percibiendo  la mala predisposición del Doctor, se retiraron, dejándolo solo, sin olvidarse de alimentar las Llamas antes de salir.

El trabajo hecho por las aguas del deshielo dio como resultado la gran caverna  que ahora lucía los destellos de las rocas iluminadas  desde la fosa central, donde danzaban las Flamas.

Virgil corrió, sacando fuerzas del cariño, a abrazar a su padre, éste lo rechazó pidiéndole que  contara dónde estaba el Libro.

- No lo encontré. Ya no está donde lo había dejado el abuelo y el Gran Maestro no sabe nada.

- ¡Estúpido! le preguntaste, tu misión era secreta. ¡Tanta gente debí corromper para que te nombraran Elegido!...

- ¿Soy el Elegido? Nunca pedí eso, solo deseaba servirte, padre.

Avergonzado, el chico bajó la cabeza, la debilidad lo obligó a dejarse caer.

Viéndolo en el piso, el padre lo insultó:

- No creo que  merezcas semejante honor, demostraste ser un inútil, nada más que un inútil, - dijo mientras lo golpeaba -.

Virgil estaba confundido y mareado, escapando de los golpes, se alejaba del médico, arrastrándose en cuclillas. Sin tener en cuenta que se acercaba peligrosamente a las Llamas.

El Dr. Tertio, enceguecido por la ira, tampoco tuvo noción del riesgo  que corría su hijo,  hasta que el joven cayó al foso central, luchaba por subir, pero tan pocas eran sus fuerzas que le resultaba imposible.

El padre, desesperado, intentando salvar a su hijo, lo tomó de una mano, juntos fueron arrastrados a una caída fatal. Las Llamas crecieron  al doble de su tamaño habitual, los mil tonos de rojos se reflejaban en los muros, las pinturas parecían tener vida, los gritos de ambas víctimas hacían coro al crepitar de sus cuerpos al arder.

Los monjes que esperaban afuera, escucharon los gritos, entraron  apresuradamente, pero ya era tarde, los vieron quemarse sin soltar sus manos.

En su despacho, Marcus dejo de elevar su plegaria, sonriendo apagó las velas, sintió que recuperaba la tranquilidad que había perdido con la llegada del Elegido. El Fuego - su amigo - había respondido a sus súplicas  devorando a los descendientes del General Tertio.

- El Fuego ha sido alimentado una vez más - dijo en voz muy queda - las Lenguas del Fuego seguirán bailando su Danza Eterna.  La Paz del mundo - según la concebía Marcus - estaba asegurada.

"Solo yo - pensaba el Prior - soy el que ha alcanzado la perfección, soy el que tiene los poderes suficientes como para lograr la Gloria. El Libro del Divino Conocimiento no se apartará de mi celda y me acompañará siempre. Esos viejos creen que hice invisible el libro a los ojos del pobre Virgil, no saben que el conjuro ha logrado que nadie en el mundo pueda verlo, ¡solo yo!.-

Sumabe (Derechos reservados)




 

 










En agradecimiento a Héctor Oesterheld y Joaquín S. Lavado (Quino) por sus historietas respectivas: "El Eternauta" y "Mafalda", que tantas veces he disfrutado.

 Afuera  hace mucho frío, papá cerró todas las puertas y ventanas para que no se vaya el calor que genera la  estufa.

Mamá cocina, falta poco para que vayamos a cenar; mientras esperamos que la comida esté lista, papi  y yo miramos las noticias en la tele.

Es una noche como cualquier otra, el barrio está tranquilo y, sorprendentemente, el informativo no ha dado ninguna novedad alarmante, se respira paz.

Mamá canturrea una canción nueva y ralla queso, ahora me llama:

- Mafalda, hijita, por favor, andá a mi cuarto y traéme un pañuelo de mi mesa de luz.

- ¡Sí, mami!  Se me pega la canción que canta mamá, subo la escalera que lleva a los cuartos, cantándola.

Estoy contenta, hoy me fue bien en la escuela y jugué un rato largo con Felipe y Susanita. Encuentro el pañuelo, ¡qué rico perfume tiene! Bajo para dárselo a mami y, ya en la mitad de la escalera, siento el aroma que llega desde la cocina: "¡Oh, no, sopa!", pienso.

Vuelvo a subir y me refugio en mi cuarto.

Sobre mi mesita de luz está la historieta "El Eternauta" que tanto miedo me dio anoche, cuando la estaba leyendo, antes de dormirme.

Allí, tirada sobre la cama, pienso la forma de evitar la sopa, de pronto escucho un ruido muy fuerte que viene de la calle...

Me asomo a mirar, sin abrir la ventana, solo miro a través del vidrio y  veo un camión  que ha chocado  contra el árbol de mi casa. Hay  personas dormidas en las veredas... no, no creo que hayan decidido dormir ahí, esas personas deben haber  perdido el conocimiento y cayeron, pero ¿por qué?

En ese preciso momento descubro que está produciéndose una lluvia muy rara; ¡llueve  sopa!; la gente se desmaya al entrar en contacto con los fideitos y el caldo, me asusto mucho, verifico que la ventana esté bien cerrada; recuerdo que hace rato papá cerró todo, me tiro nuevamente sobre mi cama y me escondo debajo de la manta, temblando de miedo.

Oigo que alguien abre la puerta y asomo un ojo  para poder ver, lo que vi me asustó  aún más: un  hombre con traje de buzo, con máscara de buceo que lo hacía más temible.  El hombre me llama:

- ¡Mafalda, Mafalda!

Yo no quiero abrir los ojos, el hombre sigue llamándome:

- Mafalda, hija, te dormiste. Vamos a comer.

Intrigada vuelvo a mirarlo y descubro que es mi papá con su ropa de siempre.

- Papi, ¿tengo que tomar la sopa?

- Si comés todo lo que mamá te sirva, podés dejar la sopa por hoy.

- ¡Gracias papi!, ya bajo.-

Sumabe (Derechos reservados)

BUENOS AIRES

    Desde mi ventana veo los añosos árboles del parque, a lo lejos suena un tango, si tuviera dudas de dónde me  encuentro, esa música me diría: Buenos Aires.

    Buenos Aires mi ciudad, tantos recuerdos guardados entre tus baldosas, entre tus adoquines. Mis buenos momentos sucedieron cuando vos no tenías asfalto, al menos en el barrio no lo tenías; algunas calles adoquinadas, las menos, y muchas de tierra, un trozo de  campo en la gran ciudad.

    Así te viví, como una vacación  en el campo, cazando mariposas, trepándome a los árboles, escuchando la canción de los sapos después del crepúsculo. Entre plantas de tomates y limoneros; persiguiendo pollitos en el gallinero, llorando cuando mataban a uno de ellos para  cocinarlo en el puchero.

    Vos eras de tierra, ciudad, no de cemento. Debajo de él  todavía está el tesoro que, con mi primo, escondimos pensando - en nuestra inocencia - que, pasados los años, alguien lo encontraría y leería la carta  que dejamos en esa cajita junto a algunas cosas que ya no recuerdo.

    ¡Ay ciudad! Sos tan grande que no pude conocerte toda y seguís creciendo, robándole terrenos al río marrón que te acaricia y al que tan mal le pagaste ese cariño, arrojándole cuanta basura te sobró; sos ingrata con el río, ciudad, muy ingrata.

    Te imagino explotando si sigue viniendo gente a vivir en vos; ya no das más,  ya no podés más y te enojás con la gente, ese enojo se puede sentir, en cada esquina los ciudadanos andan con miedo, alterados, desconfiando.

    Yo te amo ciudad, pero te dejo, me voy lejos, a buscar el campo que un día eras y ya no sos. Mañana ya no estaré, mañana no te veré.

    El día que decidas explotar al fin y mandar todo el cemento a volar por los aires y saques la tierra a respirar y te salgan cardos y vuelen los "panaderos" otra vez en tu cielo; ese día escucharé tu voz de zorzales y horneros y, tal vez, decida regresar.

    Pero falta tanto, el tiempo me juega en contra, quizás no pueda verte otra vez, linda, como eras, por eso me despido hoy  ciudad, mañana no estaré.

Sumabe (Derechos reservados)